Los inicios de su ministerio
Poco después de haber sido salvo, Watchman Nee comenzó a sentir amor por el Señor así como a sentir la intensa necesidad de predicar el evangelio, a tiempo y fuera de tiempo, a sus compañeros de clase y a sus compatriotas. Gracias a su labor evangelizadora, casi todos sus compañeros de clase fueron llevados al Señor, y en 1923 se generó en su escuela un avivamiento espiritual que se extendió a todos los habitantes de su ciudad natal. Centenares de personas fueron salvas y experimentaron un gran cambio en sus vidas. Watchman Nee no estudió en ninguna escuela teológica o instituto bíblico. Así pues, casi todo lo que aprendió respecto de Cristo, las cosas del Espíritu, y la historia de la iglesia; lo aprendió por medio de su estudio de la Biblia y de libros escritos por hombres espirituales. Watchman Nee no sólo fue un excelente estudioso de la Biblia, sino que también fue un lector concienzudo de libros espirituales. El estaba maravillosamente dotado para seleccionar, comprender, discernir y memorizar el material apropiado. Por ello, le era muy fácil captar los temas centrales de un libro al primer vistazo.
Una fe viviente
En 1924, Watchman Nee contrajo tuberculosis pulmonar debido al trabajo excesivo y la falta de cuidado físico adecuado. Su enfermedad era tan grave que incluso se difundieron rumores de que había fallecido. Durante este período, nuestro hermano se ejercitó mucho en confiar en Dios para su sustento diario, y Dios cuidó fielmente de él. En Su gracia, Dios lo sanó de su tuberculosis; pero, en ejercicio de Su autoridad soberana, lo dejó con una angina de pecho. Así pues, Watchman Nee podía haber fallecido en cualquier momento, lo cual lo llevó espontáneamente a confiar plenamente en el Señor para su existencia. En todo momento, él vivía por fe en Dios, y a lo largo de los años que siguieron y hasta el día de su muerte, Dios lo sustentó con Su cuidado lleno de gracia y con Su vida en resurrección. Fue a través de este padecimiento físico que Watchman Nee experimentó y disfrutó a Dios mucho más de lo que hubiera sido normalmente posible sin una enfermedad tan agobiante y dificultosa. La sanidad divina que Watchman Nee experimentó no consistió meramente en un acto milagroso de Dios, sino en la operación de la vida de resurrección realizada por medio de la gracia y por el ejercicio de una fe viviente en la palabra fiel de Dios para la edificación y el crecimiento de la vida divina. Este tipo de sanidad, no solamente fue un milagro realizado por el poder divino; fue absolutamente algo de la gracia y la vida divina.
Vida y obra
Siempre que a Watchman Nee se le hacía alguna pregunta, él respondía en términos prácticos y concretos; iba al grano, era claro, y estaba lleno de unción y de luz. Su modo de conducirse era muy normal y era muy abierto en su trato con las personas, haciendo de él una persona muy asequible. Él poseía una gran capacidad y un corazón muy amplio. En cuanto a los asuntos espirituales, él llegó a las alturas más elevadas y tocó las más hondas profundidades. En lo que concierne a los principios y propósitos divinos, él era muy rico en su entendimiento y en su experiencia de estas realidades. Siempre dejó una impresión muy dulce y, sin embargo, nunca se perdía esa sensación de respeto hacia él. En cuanto a su actitud, era tierno y manso; y sus palabras rebosaban con unción. Al conversar con él, desaparecía toda sensación de lejanía y, más bien, se tenía la sensación de haber sido regados y abastecidos. La impresión dejada por sus palabras y gestos es inolvidable. Watchman Nee vio que lo importante con respecto a nuestra labor no es la cantidad sino la calidad, que la verdadera labor consiste en el desbordamiento de la vida divina que fluye.
En prisión
En febrero de 1949, después de mucha oración y reflexión, Watchman Nee decidió permanecer en la ciudad de Shanghái debido a la carga que tenía por las iglesias, los colaboradores y el testimonio del Señor en China. Por un lado, él confiaba plenamente en la soberanía del Señor; y por otro, estaba consciente del riesgo que afrontaba y estaba preparado para ser sacrificado en aras del testimonio del Señor. En la primavera de 1952, él fue arrestado y encarcelado a causa de su fe; y durante el verano de 1956, luego de un juicio muy prolongado, fue sentenciado a quince años de prisión. Sin embargo, aún cuando cumplió su sentencia, nunca fue puesto en libertad. Mientras estuvo preso, sólo a su esposa se le permitió hacerle visitas ocasionales. Su esposa falleció el 7 de noviembre de 1971. La muerte de su esposa significó una gran pena para él y lo aisló completamente de todo contacto con el mundo exterior. Poco después de la muerte de su esposa, el 30 de mayo de 1972, Watchman Nee también llegó al final de su peregrinaje en la tierra y descansó con Cristo, a quien sirvió a costa de su propia vida. Antes de fallecer, dejó una nota bajo su almohada en la que, usando varios renglones y con letras grandes, escribió con mano temblorosa lo siguiente:
“Cristo es el Hijo de Dios, quien murió para redimir a los pecadores y resucitó después de tres días. Esta es la verdad más grande del universo. Muero por mi fe en Cristo.”
—Watchman Nee
viernes 19 de junio de 2009
sábado 4 de octubre de 2008
lunes 28 de enero de 2008
¿MARIA O MARTA?

María y Marta representan un principio.
Son reales pero al mismo tiempo
Simbólicas.
Son carne y espíritu. Dos maneras de vivir. Dos poderes interiores
En guerra, enemistados, no pueden reinar ambos a la vez. Y no
Coexistirán pues no son compatibles.
Uno o el otro
Debe recibir el dominio.
La carne es la vana ilusión de Marta: "Lo sé. Yo lo puedo hacer".
El espíritu es la realidad instintiva de María:
"No lo sé. Yo no lo puedo hacer. ¡Oh, Dios!".
En la familia de Dios la Carne se vuelve obreros y
El Espíritu son los adoradores.
El conflicto hierve entre ellos, insoluble
Porque es irreconciliable.
Tú no puedes trabajar para Dios y adorarlo
Al mismo tiempo.
La adoración concede que Dios es todo mientras que la obra es
La humanidad que le ayuda a Dios en Su insuficiencia.
Los obreros desprecian a los adoradores y
Por siempre se ponen en contra de esa ocupación.
Los adoradores no desprecian a los obreros
Porque no tienen interés.
Están demasiado enredados en la aventura.
El principio - que es el problema mortal -
Es tan antiguo como las Escrituras.
María y Marta son Abel y Caín.
Dios rechaza la ofrenda del trabajo, el laboreo de los campos.
Es autosuficiencia, independencia
Y esas son realmente desafío.
Levanta la piedra de cualquier logro humano y
Hallarás que toda "buena obra!
Oculta una muerte eventual.
Caín trajo su fruto de sudor y diligencia.
Abel cuidaba a la manada. Ellos sólo pastaban y crecían
Pues Dios los capacitaba.
Caín ofreció su producto precioso, una propia creación cansona
Por la cual reclamó el crédito orgulloso.
Abel devolvió a Dios lo que el mismo Dios había hecho.
Una ofrenda viva de sangre.
Y justamente como pasó a Marta,
La tediosa ofrenda de Caín le ganó el rechazo.
La terrible injusticia de eso lo inflamó.
Así que Caín derramó sangre inocente, la de su hermano.
Las ofrendas a Dios pueden ser solamente sangre. Así lo ha decretado Él.
Y eso no puede ser derogado por la superioridad humana a la
Sabiduría Omnisciente de Dios.
Si no ofreces sangre a Dios, entonces derramarás sangre
Por venganza contra Dios ejecutada en los Abeles que sí la ofrecen.
La sangre es inevitable en los tratos con Dios,
Y será derramada por obediencia o por rebelión.
Los obreros asesinan a los adoradores
De una u otra forma..
Muchas son las Marías y las Martas bíblicas, lanzadas por
Diferencias en conflictos sin edad.
Isaac e Ismael. Salvaje, furioso Ismael que luchó por su providencia.
Isaac meditaba en los campos y todas las cosas
Llegaron a él por regalos y herencia,
Sin esfuerzo.
Saúl y David.
Moisés y Josué
Moisés, el líder extenuado, por el enorme
Esfuerzo y la paciencia monumental nunca
Entró a Canáan, la tierra del reposo.
Lo que le llevó 40 años a Moisés (Marta) para fallar,
Le llevó 11 días a Josué (María) para triunfar.
Josué dejó que Dios fuera Dios - entró,
Cruzó, conquistó - reposó.
No siempre fácil. A veces nada limpio
Pero siempre Dios. Solamente Dios.
María y Marta son
Impulsos que nos impelen - y compiten - dentro de nosotros.
Ambas viven y dan a conocer su presencia por la presión interior.
Y constituyen una crisis de la opción.
La selección es secreta por entero e interior.
¿Cuál dominará?
¿Cuál impulso nutriré; a cuál le permitiré que me tome?
La lucha es el camino natural de la arrogancia.
Puede ser la obra febril para hacer algo
O la búsqueda perezosa por ser alguien,
La adoración es la necesidad más instintiva.
Adorar la obra es la receta de la ruina
Pero es la incesante tentación de nuestra naturaleza.
El conflicto es eterno con repercusiones eternas.
La opción es una por siempre.
Marta Kilrpatrick
miércoles 16 de enero de 2008
NO OS EMBRIAGUEIS CON VINO...
miércoles 26 de diciembre de 2007
EL CRISTIANO CARNAL
Hay una gran diferencia entre un cristiano y un no cristiano. La Biblia claramente enseña en 2 Corintios 5:17, "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." También, "El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo." Pero a menudo, como el apóstol Pablo escribe en 1 Corintios 3, los cristianos mundanos actúan como un no creyente, y es muy difícil encontrar la diferencia.
El cristiano mundano es aquel que ha recibido a Cristo pero que todavía permite que su naturaleza carnal le reclame el trono por medio del pecado. Dios todavía tiene posesión de esta persona y Cristo todavía está en su vida, pero esta persona ha caído en pecado en una o más áreas de su vida. Por no estar rendido a Cristo, el creyente mundano se encuentra en un plano de estancamiento en su crecimiento espiritual, debido a que no confiesa ni se arrepiente de sus pecados. Satanás ha tenido éxito en influenciarlo y controlarlo por medio de la carne.
El apóstol Pablo escribe a los cristianos de Corinto:
De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, co no a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?
El cristiano mundano o carnal ciertamente experimenta la convicción del Espíritu Santo y no continuará en sus pecados indefinidamente; de otro modo, es posible que ni siquiera sea cristiano. Sin embargo, fracasado y sin fruto, está dependiendo de sus propios esfuerzos y de su fuerza de voluntad para vivir la vida cristiana, en vez de apropiarse de los recursos sobrenaturales e inagotables del Espíritu Santo. Aferrándose a sus intereses egocéntricos por un lado y buscando a tientas las bendiciones de Dios por el otro, esta persona fracasa una y otra vez en vivir la vida cristiana en la llenura y el poder del Espíritu Santo.
El estado de carnalidad, o sea de pecados sin confesar, es en realidad una existencia infeliz y miserable. Tristemente, ésta es la situación en la que actualmente se encuentran millones de cristianos - de nuevo en el trono de sus vidas - y a menudo ni se dan cuenta de que están en esta categoría carnal. Un hombre me dijo que toda su vida había oído a su pastor hablar de los cristianos carnales, pero que siempre entendió que su pastor se refería a otras personas. Para él fue una sorpresa y un choque descubrir que él mismo era un cristiano carnal.
El apóstol Pablo sabía lo que significaba ser mundano. En la epístola a los Romanos, capítulo siete él escribe:
Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.
Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí."
¿Diría usted que este pasaje de la Biblia, describe su actual relación con Dios?
En Detroit, Michigan, un pareja de avanzada edad fue llevada al hospital sufriendo de desnutrición y agotamiento. Cuando la policía comenzó a buscar en su hogar desordenado y lleno de basura, descubrió más de cuarenta mil dólares en efectivo escondidos entre sus pertenencias. Hacía mucho tiempo que se habían olvidado que poseían esa fortuna.
De la misma forma, el cristiano mundano vive en pobreza espiritual, como si fuera un ateo en la práctica, profesando creer en Dios, actúa como si Dios no existiera o no estuviera dispuesto a ayudarle. No logra comprender el significado de la muerte de Jesús en la cruz y de Su resurrección de la muerte. Jesucristo no sólo pagó el precio de sus pecados, sino que realmente anuló el poder del pecado en su vida. El apóstol Pablo comprendió la angustia y la frustración que resultan al intentar vivir la vida cristiana con la pura fuerza de voluntad.
Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo al la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?
¿Se preguntó alguna vez, "Quién me librará de mi desagradable cáracter, de mi egocentrismo y de mis fracasos y mis defectos?" ¡Hay Buenas Nuevas! Observe la respuesta del apóstol Pablo:
¡Gracias a Dios, que Cristo lo ha logrado! ¡Jesús me libertó!
El pastor de una gran iglesia se acercó a conversar conmigo después que presenté un mensaje sobre cómo experimentar el amor y el perdón de Dios. Se notaba lleno de odio y de resentimiento hacia los líderes laicos de su anterior iglesia, pues sentía que éstos le habían causado un gran daño y que, inclusive, habían tratado de destruir su ministerio.
Ahora, este pastor se había dado cuenta que a causa de querer desquitarse, él mismo se había convertido en un cristiano vengativo, criticón y mundano. Había llegado al punto en el que sólo había dos opciones, o ponerse bien con Dios o dejar el pastorado. Como él lo mencionó, "Esta mundanalidad cancerosa está destruyendo mi vida y mi ministerio."
Cuando nos arrodillamos juntos para pedir el amor y el perdón de Dios, sus lágrimas de arrepentimiento fueron seguidas por lágrimas de gozo. Algunos días después él fue a visitar a los líderes de la iglesia a quienes antes había odiado, y cuando les dijo que los amaba y les pidió perdón, los líderes respondieron con gozo y amor cristiano. Este amado pastor volvió a su segunda iglesia con un corazón ardiente de amor y renovado celo por nuestro Señor.
Un hombre de negocios de otra iglesia vino un día a verme. Se veía grandemente angustiado porque su iglesia estaba dividida.
"La mitad de nuestro miembros se irán y comenzarán otra iglesia," dijo.
Esto también me angustió, porque no puedo imaginar nada más trágico que un grupo de cristianos dividido.
Conforme conversábamos, el hombre descubrió y admitió que era un cristiano mundano. Le expliqué cómo Dios había provisto la solución para que él fuera una persona espiritual. Realmente no tenía por qué continuar viviendo como un cristiano mundano, carnal. Finalmente, nos arrodillamos juntos y oramos. El pidió perdón por sus pecados e invitó a Dios a llenar y controlar su vida a través del Espíritu Santo. Cuando nos regocijábamos por lo que Dios había hecho, me dijo, "Ahora ya no habrá ningún problema en mi iglesia. ¡Yo soy el que había estado causando todos los problemas!"
Desafortunadamente, el ácido corrosivo de la mundanalidad no sólo consume a las iglesias. También disuelve matrimonios, hogares, familias enteras y trabajos. Usted puede sentir los efectos en su vida cuando las relaciones con sus seres queridos se han deteriorado y cuando sus amigos se han convertido en conocidos indiferentes.
El cristiano mundano es aquel que ha recibido a Cristo pero que todavía permite que su naturaleza carnal le reclame el trono por medio del pecado. Dios todavía tiene posesión de esta persona y Cristo todavía está en su vida, pero esta persona ha caído en pecado en una o más áreas de su vida. Por no estar rendido a Cristo, el creyente mundano se encuentra en un plano de estancamiento en su crecimiento espiritual, debido a que no confiesa ni se arrepiente de sus pecados. Satanás ha tenido éxito en influenciarlo y controlarlo por medio de la carne.
El apóstol Pablo escribe a los cristianos de Corinto:
De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, co no a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?
El cristiano mundano o carnal ciertamente experimenta la convicción del Espíritu Santo y no continuará en sus pecados indefinidamente; de otro modo, es posible que ni siquiera sea cristiano. Sin embargo, fracasado y sin fruto, está dependiendo de sus propios esfuerzos y de su fuerza de voluntad para vivir la vida cristiana, en vez de apropiarse de los recursos sobrenaturales e inagotables del Espíritu Santo. Aferrándose a sus intereses egocéntricos por un lado y buscando a tientas las bendiciones de Dios por el otro, esta persona fracasa una y otra vez en vivir la vida cristiana en la llenura y el poder del Espíritu Santo.
El estado de carnalidad, o sea de pecados sin confesar, es en realidad una existencia infeliz y miserable. Tristemente, ésta es la situación en la que actualmente se encuentran millones de cristianos - de nuevo en el trono de sus vidas - y a menudo ni se dan cuenta de que están en esta categoría carnal. Un hombre me dijo que toda su vida había oído a su pastor hablar de los cristianos carnales, pero que siempre entendió que su pastor se refería a otras personas. Para él fue una sorpresa y un choque descubrir que él mismo era un cristiano carnal.
El apóstol Pablo sabía lo que significaba ser mundano. En la epístola a los Romanos, capítulo siete él escribe:
Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.
Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí."
¿Diría usted que este pasaje de la Biblia, describe su actual relación con Dios?
En Detroit, Michigan, un pareja de avanzada edad fue llevada al hospital sufriendo de desnutrición y agotamiento. Cuando la policía comenzó a buscar en su hogar desordenado y lleno de basura, descubrió más de cuarenta mil dólares en efectivo escondidos entre sus pertenencias. Hacía mucho tiempo que se habían olvidado que poseían esa fortuna.
De la misma forma, el cristiano mundano vive en pobreza espiritual, como si fuera un ateo en la práctica, profesando creer en Dios, actúa como si Dios no existiera o no estuviera dispuesto a ayudarle. No logra comprender el significado de la muerte de Jesús en la cruz y de Su resurrección de la muerte. Jesucristo no sólo pagó el precio de sus pecados, sino que realmente anuló el poder del pecado en su vida. El apóstol Pablo comprendió la angustia y la frustración que resultan al intentar vivir la vida cristiana con la pura fuerza de voluntad.
Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo al la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?
¿Se preguntó alguna vez, "Quién me librará de mi desagradable cáracter, de mi egocentrismo y de mis fracasos y mis defectos?" ¡Hay Buenas Nuevas! Observe la respuesta del apóstol Pablo:
¡Gracias a Dios, que Cristo lo ha logrado! ¡Jesús me libertó!
El pastor de una gran iglesia se acercó a conversar conmigo después que presenté un mensaje sobre cómo experimentar el amor y el perdón de Dios. Se notaba lleno de odio y de resentimiento hacia los líderes laicos de su anterior iglesia, pues sentía que éstos le habían causado un gran daño y que, inclusive, habían tratado de destruir su ministerio.
Ahora, este pastor se había dado cuenta que a causa de querer desquitarse, él mismo se había convertido en un cristiano vengativo, criticón y mundano. Había llegado al punto en el que sólo había dos opciones, o ponerse bien con Dios o dejar el pastorado. Como él lo mencionó, "Esta mundanalidad cancerosa está destruyendo mi vida y mi ministerio."
Cuando nos arrodillamos juntos para pedir el amor y el perdón de Dios, sus lágrimas de arrepentimiento fueron seguidas por lágrimas de gozo. Algunos días después él fue a visitar a los líderes de la iglesia a quienes antes había odiado, y cuando les dijo que los amaba y les pidió perdón, los líderes respondieron con gozo y amor cristiano. Este amado pastor volvió a su segunda iglesia con un corazón ardiente de amor y renovado celo por nuestro Señor.
Un hombre de negocios de otra iglesia vino un día a verme. Se veía grandemente angustiado porque su iglesia estaba dividida.
"La mitad de nuestro miembros se irán y comenzarán otra iglesia," dijo.
Esto también me angustió, porque no puedo imaginar nada más trágico que un grupo de cristianos dividido.
Conforme conversábamos, el hombre descubrió y admitió que era un cristiano mundano. Le expliqué cómo Dios había provisto la solución para que él fuera una persona espiritual. Realmente no tenía por qué continuar viviendo como un cristiano mundano, carnal. Finalmente, nos arrodillamos juntos y oramos. El pidió perdón por sus pecados e invitó a Dios a llenar y controlar su vida a través del Espíritu Santo. Cuando nos regocijábamos por lo que Dios había hecho, me dijo, "Ahora ya no habrá ningún problema en mi iglesia. ¡Yo soy el que había estado causando todos los problemas!"
Desafortunadamente, el ácido corrosivo de la mundanalidad no sólo consume a las iglesias. También disuelve matrimonios, hogares, familias enteras y trabajos. Usted puede sentir los efectos en su vida cuando las relaciones con sus seres queridos se han deteriorado y cuando sus amigos se han convertido en conocidos indiferentes.
LAS MARCAS DEL CRISTIANO ESPIRITUAL
A MEDIDA que me vayáis siguiendo en el estudio que vamos a hacer esta noche, observaréis que la vida del cristiano espiritual está en marcado contraste con la del cristiano carnal.
Es una vida de paz permanente “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).
Hay todavía lucha en la vida del cristiano espiritual, porque el crecimiento se obtiene mediante el triunfo en la lucha. Pero hay paz mediante la victoria consciente que se alcanza en Cristo. El cristiano espiritual no continúa en la práctica del pecado conocido y consentido, y de ahí que viva en la luz, nunca nublada, del sol de la presencia de Cristo. No perturban su comunión con el Padre la sensación remordedora de haber ensuciado sus manos, el aguijoneo de una conciencia herida o la condenación de un corazón acusador. Así es que goza de paz permanente, de gozo profundo y de perfecto reposo en el Señor. ¿Los tienes en tu vida?
Es una vida de victoria habitual Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor 15:57).
Observad que no dice “victorias”, sino “la victoria”. La victoria de la resurrección es una victoria que las incluye todas. El que te ha dado una vez una victoria sobre un pecado, puede darte la victoria sobre todo pecado. El que te ha guardado del pecado por un momento, puede guardarte del mismo pecado por un día o por un mes. La victoria sobre el pecado es un don, por medio de Cristo, que puede ser nuestro cuantas veces lo reclamemos.
“Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rom 8:37). Ya sería bastante asombroso que Él dijera que en estas cosas vencemos. Pero Él afirma que “somos más que vencedores.” Esto es victoria con algo más. Significa suficiente y de sobra. El versículo nos dice que no necesitamos vivir dentro de los límites de una victoria conservada a fuerza de afán y de lucha.
“Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” (2 Cor 2:14). Observad la palabra “siempre”. Esta victoria no está limitada a ciertas ocasiones, lugares y circunstancias. Dios dice que Él puede hacernos triunfar siempre en Cristo. Casi puedo oír a alguno de mis oyentes que dice: “Es muy fácil para usted levantarse allí y predicar que tal victoria es posible, pero no sabe usted lo cascarrabias que es una persona de mi familia, con quien tengo que vivir constantemente.” No, no conozco las circunstancias de la vida de usted, pero Dios las conoce, y Él ha puesto la palabra “siempre” en ese versículo. ¿La aceptas y crees que Dios puede hacer que siempre triunfemos en Cristo Jesús?
Escogí con todo cuidado las palabras “victoria habitual.” Quiero decir por “habitual” que la victoria es el hábito de la vida cristiana. No quiere esto decir que el poseedor de tal victoria no pueda pecar, sino que puede no pecar. Pecar continuamente no será la práctica de su vida.
¿Cuál es el significado real y profundo de la “victoria”? No significa un mero dominio exterior de las manifestaciones visibles del pecado, sino una sujeción decidida de la disposición interior a pecar. La verdadera victoria produce un cambio en la parte más escondida e interior del espíritu. Transforma las disposiciones y actitudes internas tanto como las obras y acciones externas.
Esta victoria nunca obliga a ocultar lo que está dentro. Muchos de nosotros no llamamos al pecado. Naturalmente, estamos obligados a llamar pecado a alguna flagrante ofensa contra Dios o el hombre, que llega a ser más o menos pública. Pero, ¿y aquella realidad negra, sucia, escondida en lo más íntimo del espíritu? ¿Eso es pecado? Dios dice que lo es.
“He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:6, 10). “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Cor 7:1).
Apliquemos unas pocas pruebas de toque sencillas, y veamos si hemos sido limpiados de toda inmundicia de espíritu. Acostumbráis a perder la paciencia y a permitiros violentas explosiones de ira; habéis conseguido una gran medida de dominio de vuestra conducta exterior, pero queda un gran residuo de irritación interior y de resentimiento oculto. ¿Puede llamarse esto victoria verdadera?
Una joven de dieciséis años asistió una vez a una reunión, en la cual hablábamos de la victoria completa en Cristo. Vivía con una tía de carácter avinagrado, siempre dispuesta a regañar. La joven tentaba a menudo la paciencia de su tía llegando tarde a casa al volver del colegio. Cuando su tía la reprendía, ella le contestaba.
Fue de la reunión a su casa decidida a vencer su defecto, tanto en lo de volver tarde del colegio, como en lo de contestar a su tía, y así se lo dijo a ésta. La escéptica tía replicó que creería en la victoria cuando la viera. Pocos días después llegó tarde otra vez. La tía dijo irónicamente: “¿Esta es la victoria que decías ibas a conseguir, no es eso?” La joven no dejó escapar una sola palabra de sus labios. “¡Admirable victoria!”, Diréis. Pero escuchad. Pocos días después recibí una carta gozosa de la joven en la que me decía: “Señorita Paxson: ahora sé, por experiencia, lo que significa la verdadera victoria, porque cuando mi tía me regañó, no le respondí ni sentí deseos de hacerlo.” Esto es verdadera victoria.
Alguien os ha ofendido; no procuráis vengaros, ni le pagáis en la misma moneda abiertamente, pero en lo íntimo de vuestro corazón le deseáis algún mal a aquella persona y os alegráis si le acontece. ¿Es esto tener un espíritu recto?
En una serie de reuniones especiales en la China, vino una mujer buscando auxilio espiritual. Era desgraciada y hacía desgraciados a otros alrededor de ella. Había falta de amor en su corazón; en realidad, la cosa era peor todavía; aborrecía a una persona. Ella era una obrera cristiana, y, reconociendo los estragos que semejante sentimiento hacia, en su propia vida y en la de otros, procuraba ir venciéndolo poco a poco. No había podido aguantar ni el ver a la otra persona, pero al fin reconoció el pecado que con ello cometía. Invitó a aquella persona a comer, pero deseaba en su corazón que no aceptara el convite. ¿Era eso victoria? Después se dominó lo bastante para decir que no quería odiarla, pero tampoco podía amarla. ¿Era eso victoria? Hasta que Dios, que es amor, no tomó plena posesión de su corazón, no consiguió ella la clase de victoria que Dios quiere dar.
Tal vez habrá alguien que diga: “He experimentado de vez en cuando esta gloriosa liberación del dominio de un pecado especialmente difícil de vencer, pero ha sido sólo una liberación pasajera. ¿Hay en el mundo tal cosa como una victoria habitual sobre todo pecado conocido?” Dios dice que la hay. “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8:2).
Cristo murió en la cruz del Calvario para librarnos del pecado. Para hacer permanente aquella victoria perfecta, ha enviado al Espíritu Santo que more en nosotros y domine en nuestras vidas. El hombre carnal está bajo el poder de la ley del pecado. Esta ley opera en su vida, poniéndolo bajo su dominio la mayor parte del tiempo. Pero hay otra ley superior que rige en el creyente, y a medida que éste se entrega a su fuerte poder, el hombre espiritual es librado de la ley del pecado y de la muerte. Aquí está su victoria habitual sobre todo pecado conocido. ¿Experimentas tú tal victoria?
Es una vida de crecimiento constante en la semejanza de Cristo “Por tanto, nosotros todos, mirando (o reflejando) a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor 3:18). No hay nada estacionario en la verdadera experiencia espiritual. La mirada elevada y la cara descubierta tienen que alcanzar y reflejar algo de la gloria del Señor. A un conocimiento creciente de Él y a una comunión cada vez más profunda con Él, debe acompañar una semejanza cada vez mayor a Él.
En cierta ocasión viajaba por el río Yangtse, de la China central. Acababa de escampar después de una fuerte tormenta y el sol había salido esplendente por detrás de las reprimidas nubes. Me sentí impulsado interiormente a subir sobre cubierta y el Señor tenía un precioso mensaje en espera para mí. El agua del río Yangtse es muy turbia. Pero al llegarme a la barandilla y mirar al río en aquella ocasión, no vi el agua amarilla y sucia, sino el azul del cielo y los blancos vellones de las nubecillas tan perfectamente reflejados, que apenas podía creer que estaba mirando hacia abajo, y no hacia arriba. En aquel momento el Espíritu Santo me trajo al pensamiento, como un relámpago, el versículo 18 del capítulo 3 de la 2ª a los corintios, y dijo: “En ti misma eres tan poco atractiva como el agua del río Yangtse, pero cuando tu ser se vuelva hacia Dios y toda tu vida se abra a Él de modo que su gloria pueda brillar sobre ella y penetrar en ella, entonces serás transformada en su imagen de tal modo, que otros, al mirarte, no te verán a ti, sino a Cristo en ti.” Amigos queridos, ¿estamos vosotros y yo “reflejando, como en un espejo, la gloria del Señor”?
Pero hay un progreso en nuestra semejanza a Cristo: es “de gloria en gloria”. La naturaleza espiritual está siempre extendiéndose hacia lo que es espiritual y alcanzándolo para hacerse más espiritual. “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:2, 5).
“No lleva fruto;” “Lleva fruto;” “Más fruto,” “mucho fruto.” ¿No descubren estas frases, ante nuestra vista, las posibilidades de semejanza con Cristo que están al alcance de todo pámpano de la Vid verdadera? ¿No nos muestran también el progreso positivo “de gloria en gloria” que Dios espera ver en nosotros? Estas frases describen ciertas condiciones. ¿Cuál de ellas describe la tuya? Solamente la condición de llevar mucho fruto es la que glorifica al Padre. “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8).
Pero, ¿cuál es el fruto que Dios espera encontrar en el pámpano? Él nos lo dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gál 5:22-23).
El “fruto del Espíritu” es el carácter simétrico y completo del Señor Jesucristo, en el cual no hay defecto ni exceso. Observad que no dice “frutos”, sino “fruto”. Es precisamente un racimo, y todas las nueve gracias que en él entran son esenciales para revelar la belleza de la verdadera semejanza con Cristo. Pero ¡cuán a menudo vemos un gran corazón de amor echado a perder por un genio demasiado vivo! Hay amor, pero falta templanza. O vemos una persona de gran paciencia, pero de rostro decaído. Hay paciencia, pero falta el gozo. Otro caso es del cristiano que tiene fe abundante, pero carece de benignidad. Hay más del trueno del Sinaí que del amor del Calvario en su carácter. Sabe mejor defender la doctrina que adornarla. Otras veces vemos alguno cuya vida es la encarnación de la bondad, pero la bondad está nublada por la preocupación y la intranquilidad. Hay bondad, pero falta paz. ¡Cómo desfiguran la simetría del carácter cristiano la ausencia o el exceso de cualquiera de estas gracias! En el cristiano espiritual, estas nueve gracias se funden en forma tan atractiva y hermosa, que el mundo puede ver a Cristo viviendo en él.
Es una vida de poder sobrenatural
“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12). Estas palabras fueron dirigidas por Cristo a un grupo de hombres sin estudios. Uno de ellos era un curtido y rudo pescador. Se hubiera encontrado muy poco a gusto en un grupo de estudiantes de universidad, y muy probablemente no habría podido salir airoso del examen de ingreso en un seminario teológico del día de hoy. Pero pertenecía a la compañía de creyentes a la cual se hizo esta promesa. Un día la promesa tuvo tan maravilloso cumplimiento en su vida, que con una sola predicación ganó más almas que todas las predicaciones de Jesús en tres años de ministerio público.
¿En qué consistía el poder de Pedro? ¿Podéis vosotros y yo recibirlo? ¿Era el poder del encanto personal, o de maneras atractivas, o de inteligencia gigante, o de lenguaje elocuente, o de erudición sólida, o de voluntad dominante? Aunque había muchas cualidades amables en el impulsivo, sincero, amante pescador viejo, ninguna de ellas, ni todas juntas, podían explicar, ni aun en parte, tan asombroso cumplimiento de la promesa que nuestro Señor le había hecho. Dios nos revela claramente el secreto del poder de Pedro. “...pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch 1:8).
El poder para hacer “las obras que yo hago, y aun mayor,” de que Cristo habla, no es un poder que reside en nada humano. Al contrario, es el poder de Dios, el Espíritu Santo, que está completamente a nuestro alcance, cuando nos hemos entregado por completo a Él. ¿Se manifiesta su poder sobrenatural en nuestra vida y obras hoy?
Es una vida de consagrada separación “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tes 4:3). “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Heb 7:26).
El hombre espiritual toma como ejemplo a Cristo y determina andar como Él anduvo. Cristo vivió una vida de separación. Estaba en el mundo, pero no era del mundo. Entró en contacto estrecho con el mundo, pero sin conformarse a él o contagiarse de él. El hombre espiritual aspira a una parecida separación de conducta. En cuanto al mundo se encuentra en la misma relación en que Cristo estuvo, y el mundo adoptará para con él la misma actitud que tomó para Cristo. El cristiano mirará los placeres, objetivos, principios y planes del mundo, como Jesucristo los miró. Él no era del mundo, y por eso le aborreció y persiguió el mundo. Del mismo modo tratará el mundo al cristiano.
“No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16).
“Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan 15:19-20). Dios os llama a una vida de “aislamiento”, para que seáis más plenamente conformados a la imagen de su Hijo. ¿Habéis respondido al llamamiento que os hace para que salgáis y os separéis del mundo?
Es una vida de santidad atractiva “...sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Ped 1:15-16).
Todo cristiano es llamado a una vida santa. Pero hay muchos cristianos que no quieren ser santos. Podrán querer ser espirituales, pero tienen miedo a ser santos. Esto se debe, tal vez, a una comprensión equivocada sobre lo que es la santidad, debida a falsas enseñanzas acerca del asunto. Pero, ¿qué es la santidad? Digamos primero lo que no es. No es perfección impecable, ni anulación de la naturaleza pecadora, ni ausencia completa de faltas. No coloca a nadie fuera de la posibilidad de pecar, ni elimina la presencia del pecado.
La santidad que en la Escritura se enseña, no consiste en ser “sin defecto”, sino en ser “sin culpa” delante de Dios. Hemos de ser “guardados irreprensibles” para su venida y hemos de ser “presentados sin mancha” en su venida. “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5:23). “Aquel... es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría...” (Jud 24).
Esta verdad se abrió a mi espíritu con un nuevo sentido hace cuatro años, cuando me vi llamada a disponer de las posesiones personales de una amada hermana mía a quien Dios había llamado a su gloria. Entre las cosas que ella atesoraba de una manera especial, encontré una carta que yo le había escrito cuando tenía yo siete años. Había ido ella a visitar a unos amigos que vivían en otra localidad; yo la quería mucho y la echaba de menos, y aquella carta era la expresión, en palabras, del amor que yo le tenía. La carta distaba mucho de ser “irreprensible”, porque estaba escrita con mala letra y con faltas de gramática y ortografía. Pero era “sin mancha” a los ojos de mi hermana, porque expresaba el amor de mi corazón y era la mejor carta que yo podía escribir. Para mí, ahora que soy mujer adulta, escribir la misma carta hoy no sería “sin mancha”, porque debo tener más práctica en escribir y más conocimiento de las reglas gramaticales y ortográficas.
La santidad es, pues, un corazón lleno de puro amor a Dios. Es Cristo, nuestra santificación, entronizado como vida de nuestra vida. Es Cristo, el Santo, en nosotros, viviendo, hablando, andando. Tal santidad es atractiva, porque deja ver la santa calma de Dios reflejada en el rostro; la santa quietud de Dios, manifestada en la voz; la santa benignidad de Dios, expresada en los modales, y la santa fragancia de Dios emanando de toda la vida. ¿Posees tú tal santidad atractiva?
Inclinemos nuestra cabeza durante unos momentos de silencio. ¿Cuál es vuestra vida? ¿La de un cristiano carnal, o la de un cristiano espiritual? Si no estáis viviendo habitualmente en el plano más elevado, ¿queréis decidiros ahora a vivir en el?
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Es una vida de paz permanente “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).
Hay todavía lucha en la vida del cristiano espiritual, porque el crecimiento se obtiene mediante el triunfo en la lucha. Pero hay paz mediante la victoria consciente que se alcanza en Cristo. El cristiano espiritual no continúa en la práctica del pecado conocido y consentido, y de ahí que viva en la luz, nunca nublada, del sol de la presencia de Cristo. No perturban su comunión con el Padre la sensación remordedora de haber ensuciado sus manos, el aguijoneo de una conciencia herida o la condenación de un corazón acusador. Así es que goza de paz permanente, de gozo profundo y de perfecto reposo en el Señor. ¿Los tienes en tu vida?
Es una vida de victoria habitual Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor 15:57).
Observad que no dice “victorias”, sino “la victoria”. La victoria de la resurrección es una victoria que las incluye todas. El que te ha dado una vez una victoria sobre un pecado, puede darte la victoria sobre todo pecado. El que te ha guardado del pecado por un momento, puede guardarte del mismo pecado por un día o por un mes. La victoria sobre el pecado es un don, por medio de Cristo, que puede ser nuestro cuantas veces lo reclamemos.
“Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rom 8:37). Ya sería bastante asombroso que Él dijera que en estas cosas vencemos. Pero Él afirma que “somos más que vencedores.” Esto es victoria con algo más. Significa suficiente y de sobra. El versículo nos dice que no necesitamos vivir dentro de los límites de una victoria conservada a fuerza de afán y de lucha.
“Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” (2 Cor 2:14). Observad la palabra “siempre”. Esta victoria no está limitada a ciertas ocasiones, lugares y circunstancias. Dios dice que Él puede hacernos triunfar siempre en Cristo. Casi puedo oír a alguno de mis oyentes que dice: “Es muy fácil para usted levantarse allí y predicar que tal victoria es posible, pero no sabe usted lo cascarrabias que es una persona de mi familia, con quien tengo que vivir constantemente.” No, no conozco las circunstancias de la vida de usted, pero Dios las conoce, y Él ha puesto la palabra “siempre” en ese versículo. ¿La aceptas y crees que Dios puede hacer que siempre triunfemos en Cristo Jesús?
Escogí con todo cuidado las palabras “victoria habitual.” Quiero decir por “habitual” que la victoria es el hábito de la vida cristiana. No quiere esto decir que el poseedor de tal victoria no pueda pecar, sino que puede no pecar. Pecar continuamente no será la práctica de su vida.
¿Cuál es el significado real y profundo de la “victoria”? No significa un mero dominio exterior de las manifestaciones visibles del pecado, sino una sujeción decidida de la disposición interior a pecar. La verdadera victoria produce un cambio en la parte más escondida e interior del espíritu. Transforma las disposiciones y actitudes internas tanto como las obras y acciones externas.
Esta victoria nunca obliga a ocultar lo que está dentro. Muchos de nosotros no llamamos al pecado. Naturalmente, estamos obligados a llamar pecado a alguna flagrante ofensa contra Dios o el hombre, que llega a ser más o menos pública. Pero, ¿y aquella realidad negra, sucia, escondida en lo más íntimo del espíritu? ¿Eso es pecado? Dios dice que lo es.
“He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:6, 10). “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Cor 7:1).
Apliquemos unas pocas pruebas de toque sencillas, y veamos si hemos sido limpiados de toda inmundicia de espíritu. Acostumbráis a perder la paciencia y a permitiros violentas explosiones de ira; habéis conseguido una gran medida de dominio de vuestra conducta exterior, pero queda un gran residuo de irritación interior y de resentimiento oculto. ¿Puede llamarse esto victoria verdadera?
Una joven de dieciséis años asistió una vez a una reunión, en la cual hablábamos de la victoria completa en Cristo. Vivía con una tía de carácter avinagrado, siempre dispuesta a regañar. La joven tentaba a menudo la paciencia de su tía llegando tarde a casa al volver del colegio. Cuando su tía la reprendía, ella le contestaba.
Fue de la reunión a su casa decidida a vencer su defecto, tanto en lo de volver tarde del colegio, como en lo de contestar a su tía, y así se lo dijo a ésta. La escéptica tía replicó que creería en la victoria cuando la viera. Pocos días después llegó tarde otra vez. La tía dijo irónicamente: “¿Esta es la victoria que decías ibas a conseguir, no es eso?” La joven no dejó escapar una sola palabra de sus labios. “¡Admirable victoria!”, Diréis. Pero escuchad. Pocos días después recibí una carta gozosa de la joven en la que me decía: “Señorita Paxson: ahora sé, por experiencia, lo que significa la verdadera victoria, porque cuando mi tía me regañó, no le respondí ni sentí deseos de hacerlo.” Esto es verdadera victoria.
Alguien os ha ofendido; no procuráis vengaros, ni le pagáis en la misma moneda abiertamente, pero en lo íntimo de vuestro corazón le deseáis algún mal a aquella persona y os alegráis si le acontece. ¿Es esto tener un espíritu recto?
En una serie de reuniones especiales en la China, vino una mujer buscando auxilio espiritual. Era desgraciada y hacía desgraciados a otros alrededor de ella. Había falta de amor en su corazón; en realidad, la cosa era peor todavía; aborrecía a una persona. Ella era una obrera cristiana, y, reconociendo los estragos que semejante sentimiento hacia, en su propia vida y en la de otros, procuraba ir venciéndolo poco a poco. No había podido aguantar ni el ver a la otra persona, pero al fin reconoció el pecado que con ello cometía. Invitó a aquella persona a comer, pero deseaba en su corazón que no aceptara el convite. ¿Era eso victoria? Después se dominó lo bastante para decir que no quería odiarla, pero tampoco podía amarla. ¿Era eso victoria? Hasta que Dios, que es amor, no tomó plena posesión de su corazón, no consiguió ella la clase de victoria que Dios quiere dar.
Tal vez habrá alguien que diga: “He experimentado de vez en cuando esta gloriosa liberación del dominio de un pecado especialmente difícil de vencer, pero ha sido sólo una liberación pasajera. ¿Hay en el mundo tal cosa como una victoria habitual sobre todo pecado conocido?” Dios dice que la hay. “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8:2).
Cristo murió en la cruz del Calvario para librarnos del pecado. Para hacer permanente aquella victoria perfecta, ha enviado al Espíritu Santo que more en nosotros y domine en nuestras vidas. El hombre carnal está bajo el poder de la ley del pecado. Esta ley opera en su vida, poniéndolo bajo su dominio la mayor parte del tiempo. Pero hay otra ley superior que rige en el creyente, y a medida que éste se entrega a su fuerte poder, el hombre espiritual es librado de la ley del pecado y de la muerte. Aquí está su victoria habitual sobre todo pecado conocido. ¿Experimentas tú tal victoria?
Es una vida de crecimiento constante en la semejanza de Cristo “Por tanto, nosotros todos, mirando (o reflejando) a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor 3:18). No hay nada estacionario en la verdadera experiencia espiritual. La mirada elevada y la cara descubierta tienen que alcanzar y reflejar algo de la gloria del Señor. A un conocimiento creciente de Él y a una comunión cada vez más profunda con Él, debe acompañar una semejanza cada vez mayor a Él.
En cierta ocasión viajaba por el río Yangtse, de la China central. Acababa de escampar después de una fuerte tormenta y el sol había salido esplendente por detrás de las reprimidas nubes. Me sentí impulsado interiormente a subir sobre cubierta y el Señor tenía un precioso mensaje en espera para mí. El agua del río Yangtse es muy turbia. Pero al llegarme a la barandilla y mirar al río en aquella ocasión, no vi el agua amarilla y sucia, sino el azul del cielo y los blancos vellones de las nubecillas tan perfectamente reflejados, que apenas podía creer que estaba mirando hacia abajo, y no hacia arriba. En aquel momento el Espíritu Santo me trajo al pensamiento, como un relámpago, el versículo 18 del capítulo 3 de la 2ª a los corintios, y dijo: “En ti misma eres tan poco atractiva como el agua del río Yangtse, pero cuando tu ser se vuelva hacia Dios y toda tu vida se abra a Él de modo que su gloria pueda brillar sobre ella y penetrar en ella, entonces serás transformada en su imagen de tal modo, que otros, al mirarte, no te verán a ti, sino a Cristo en ti.” Amigos queridos, ¿estamos vosotros y yo “reflejando, como en un espejo, la gloria del Señor”?
Pero hay un progreso en nuestra semejanza a Cristo: es “de gloria en gloria”. La naturaleza espiritual está siempre extendiéndose hacia lo que es espiritual y alcanzándolo para hacerse más espiritual. “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:2, 5).
“No lleva fruto;” “Lleva fruto;” “Más fruto,” “mucho fruto.” ¿No descubren estas frases, ante nuestra vista, las posibilidades de semejanza con Cristo que están al alcance de todo pámpano de la Vid verdadera? ¿No nos muestran también el progreso positivo “de gloria en gloria” que Dios espera ver en nosotros? Estas frases describen ciertas condiciones. ¿Cuál de ellas describe la tuya? Solamente la condición de llevar mucho fruto es la que glorifica al Padre. “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8).
Pero, ¿cuál es el fruto que Dios espera encontrar en el pámpano? Él nos lo dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gál 5:22-23).
El “fruto del Espíritu” es el carácter simétrico y completo del Señor Jesucristo, en el cual no hay defecto ni exceso. Observad que no dice “frutos”, sino “fruto”. Es precisamente un racimo, y todas las nueve gracias que en él entran son esenciales para revelar la belleza de la verdadera semejanza con Cristo. Pero ¡cuán a menudo vemos un gran corazón de amor echado a perder por un genio demasiado vivo! Hay amor, pero falta templanza. O vemos una persona de gran paciencia, pero de rostro decaído. Hay paciencia, pero falta el gozo. Otro caso es del cristiano que tiene fe abundante, pero carece de benignidad. Hay más del trueno del Sinaí que del amor del Calvario en su carácter. Sabe mejor defender la doctrina que adornarla. Otras veces vemos alguno cuya vida es la encarnación de la bondad, pero la bondad está nublada por la preocupación y la intranquilidad. Hay bondad, pero falta paz. ¡Cómo desfiguran la simetría del carácter cristiano la ausencia o el exceso de cualquiera de estas gracias! En el cristiano espiritual, estas nueve gracias se funden en forma tan atractiva y hermosa, que el mundo puede ver a Cristo viviendo en él.
Es una vida de poder sobrenatural
“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12). Estas palabras fueron dirigidas por Cristo a un grupo de hombres sin estudios. Uno de ellos era un curtido y rudo pescador. Se hubiera encontrado muy poco a gusto en un grupo de estudiantes de universidad, y muy probablemente no habría podido salir airoso del examen de ingreso en un seminario teológico del día de hoy. Pero pertenecía a la compañía de creyentes a la cual se hizo esta promesa. Un día la promesa tuvo tan maravilloso cumplimiento en su vida, que con una sola predicación ganó más almas que todas las predicaciones de Jesús en tres años de ministerio público.
¿En qué consistía el poder de Pedro? ¿Podéis vosotros y yo recibirlo? ¿Era el poder del encanto personal, o de maneras atractivas, o de inteligencia gigante, o de lenguaje elocuente, o de erudición sólida, o de voluntad dominante? Aunque había muchas cualidades amables en el impulsivo, sincero, amante pescador viejo, ninguna de ellas, ni todas juntas, podían explicar, ni aun en parte, tan asombroso cumplimiento de la promesa que nuestro Señor le había hecho. Dios nos revela claramente el secreto del poder de Pedro. “...pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch 1:8).
El poder para hacer “las obras que yo hago, y aun mayor,” de que Cristo habla, no es un poder que reside en nada humano. Al contrario, es el poder de Dios, el Espíritu Santo, que está completamente a nuestro alcance, cuando nos hemos entregado por completo a Él. ¿Se manifiesta su poder sobrenatural en nuestra vida y obras hoy?
Es una vida de consagrada separación “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tes 4:3). “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Heb 7:26).
El hombre espiritual toma como ejemplo a Cristo y determina andar como Él anduvo. Cristo vivió una vida de separación. Estaba en el mundo, pero no era del mundo. Entró en contacto estrecho con el mundo, pero sin conformarse a él o contagiarse de él. El hombre espiritual aspira a una parecida separación de conducta. En cuanto al mundo se encuentra en la misma relación en que Cristo estuvo, y el mundo adoptará para con él la misma actitud que tomó para Cristo. El cristiano mirará los placeres, objetivos, principios y planes del mundo, como Jesucristo los miró. Él no era del mundo, y por eso le aborreció y persiguió el mundo. Del mismo modo tratará el mundo al cristiano.
“No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16).
“Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan 15:19-20). Dios os llama a una vida de “aislamiento”, para que seáis más plenamente conformados a la imagen de su Hijo. ¿Habéis respondido al llamamiento que os hace para que salgáis y os separéis del mundo?
Es una vida de santidad atractiva “...sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Ped 1:15-16).
Todo cristiano es llamado a una vida santa. Pero hay muchos cristianos que no quieren ser santos. Podrán querer ser espirituales, pero tienen miedo a ser santos. Esto se debe, tal vez, a una comprensión equivocada sobre lo que es la santidad, debida a falsas enseñanzas acerca del asunto. Pero, ¿qué es la santidad? Digamos primero lo que no es. No es perfección impecable, ni anulación de la naturaleza pecadora, ni ausencia completa de faltas. No coloca a nadie fuera de la posibilidad de pecar, ni elimina la presencia del pecado.
La santidad que en la Escritura se enseña, no consiste en ser “sin defecto”, sino en ser “sin culpa” delante de Dios. Hemos de ser “guardados irreprensibles” para su venida y hemos de ser “presentados sin mancha” en su venida. “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5:23). “Aquel... es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría...” (Jud 24).
Esta verdad se abrió a mi espíritu con un nuevo sentido hace cuatro años, cuando me vi llamada a disponer de las posesiones personales de una amada hermana mía a quien Dios había llamado a su gloria. Entre las cosas que ella atesoraba de una manera especial, encontré una carta que yo le había escrito cuando tenía yo siete años. Había ido ella a visitar a unos amigos que vivían en otra localidad; yo la quería mucho y la echaba de menos, y aquella carta era la expresión, en palabras, del amor que yo le tenía. La carta distaba mucho de ser “irreprensible”, porque estaba escrita con mala letra y con faltas de gramática y ortografía. Pero era “sin mancha” a los ojos de mi hermana, porque expresaba el amor de mi corazón y era la mejor carta que yo podía escribir. Para mí, ahora que soy mujer adulta, escribir la misma carta hoy no sería “sin mancha”, porque debo tener más práctica en escribir y más conocimiento de las reglas gramaticales y ortográficas.
La santidad es, pues, un corazón lleno de puro amor a Dios. Es Cristo, nuestra santificación, entronizado como vida de nuestra vida. Es Cristo, el Santo, en nosotros, viviendo, hablando, andando. Tal santidad es atractiva, porque deja ver la santa calma de Dios reflejada en el rostro; la santa quietud de Dios, manifestada en la voz; la santa benignidad de Dios, expresada en los modales, y la santa fragancia de Dios emanando de toda la vida. ¿Posees tú tal santidad atractiva?
Inclinemos nuestra cabeza durante unos momentos de silencio. ¿Cuál es vuestra vida? ¿La de un cristiano carnal, o la de un cristiano espiritual? Si no estáis viviendo habitualmente en el plano más elevado, ¿queréis decidiros ahora a vivir en el?
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sábado 3 de noviembre de 2007
Espíritu Santo, vuelve a tu iglesia
Por David Wilkerson
Cuando Dios engendro su iglesia, el derramo de su Espíritu Santo sobre ella. El la bautizo en el Espíritu Santo, la lleno con el Espíritu, y la ungió con el Espíritu. Y dondequiera que el Espíritu de Dios está presente, hay pruebas o evidencias claras. Pero si estas evidencias no se ven, entonces el Espíritu Santo no está presente.
Mi pregunta es la siguiente, ¿Muestra la iglesia moderna estas evidencias? ¿Lo muestra tu iglesia? ¿Esta moviéndose en el poder del Espíritu Santo? Además, ¿muestra tu vida estas evidencias? ¿Estas viviendo y caminando en la plenitud del Espíritu?
Joel profetizo que cuando el Espíritu llegara, una evidencia de su presencia seria enseñanza profética. Joel describió esto como un tiempo excitante cuando creyentes mayores tendrían sueños espirituales y los jóvenes recibiría visiones. El pueblo de Dios experimentaría maravillosas liberaciones, y lo seguiría una gran cosecha de almas.
El profeta Isaías también describió lo que sucede cuando el Espíritu Santo cae sobre un pueblo. Él profetiza: “hasta que sobre nosotros sea derramado el espíritu de lo alto. Entonces el desierto se convertirá en campo fértil y el campo fértil será como un bosque.” (Isaías 32:15).
Isaías esta diciendo: “Cuando venga el Espíritu Santo, lo que una vez fue un desierto estéril se convierte en un campo fértil. Una porción de tierra muerta de repente reboza con frutos. Y esta no es una cosecha temporera. Ese campo de frutos crecerá en un bosque. Y podrás sacar cortes de este bosque año tras año, y aumentara tu fruto continuamente.”
Isaías añade: “Habitará el juicio en el desierto y en el campo fértil morará la justicia.” (32:16). Según el profeta, el Espíritu Santo también trae consigo un mensaje de juicio contra el pecado. Y ese mensaje produce rectitud en el pueblo.
De repente, la predica del ministro cambia. Ya no se conforma con un sermón muerto o seco. Al contrario, predica la Palabra pura de Dios, y el mensaje es encendido con convicción. Ahora, el pueblo soñoliento se da cuenta: “Esto tiene la unción del Espíritu Santo. Puedo traer a mis amistades deslizadas, y puedo estar seguro que el Espíritu le hablara a sus corazones.”
Ahora, el Espíritu Santo siempre comienza su obra en el pulpito. Si el juicio comienza en la casa de Dios, es solo correcto que el Señor comience su obra con sus pastores. Él trata amorosamente con ellos, convenciéndolos de cada ídolo, cada lujuria carnal, cada medida del yo que se exalta contra el conocimiento de Dios. Ciertamente, esa es la obra del Espíritu: convencer de pecado, justicia y juicio.
Aun así, Isaías no esta refiriéndose a un solo derramar del Espíritu, lo que algunos piensan que es un “avivamiento.” Isaías esta describiendo algo que permanece. Estudios por sociólogos cristianos muestra que la mayoría de los avivamientos del presente dura por lo menos cinco años y dejan mucha confusión y disensión. Conozco iglesias donde los tal llamados avivamientos tomaron lugar, pero ahora, dentro de pocos años, no queda señal del Espíritu. Esas iglesias están muertas, secas y vacías. Casas que una vez tenían 1,000 ahora son tumbas cavernosas, solamente con cincuenta personas en asistencia.
Sin embargo, también conozco iglesias donde el Espíritu fue derramado cincuenta años atrás, y Dios aun obra poderosamente allí hoy. Esta es la obra del Espíritu que Isaías describe.
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Una vez que el Espíritu se va o es levantado
de una iglesia, ya no hay freno.
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Ya no hay un clamor contra la carne y la necedad que infiltra la casa de Dios. Vemos esto en una carta que recibí de un pastor dedicado quien sirve en una de las más grandes denominaciones protestantes. Él gime sobre lo que tomo lugar en la conferencia anual de su denominación:
“Votamos apoyando el aborto parcial, aun cuando el Congreso de los Estados Unidos ha votado en contra. Que tristeza cuando el Congreso es más piadoso que una iglesia.
“Nuestro nuevo moderador, quien va a servir como portavoz por los próximos dos años, abiertamente apoya la ordenación de homosexuales y lesbianas, y es, de hecho, de una congregación ‘más iluminada’ (llamada así porque ellos creen que tienen ‘mas luz’ que los demás sobre el asunto de homosexualidad). Como ministro en esta denominación, ahora me permiten bendecir uniones del mismo sexo. ¿Cómo puedo bendecir a aquello que Dios llama perverso?
“Votamos sobre si debemos quitar de nuestra constitución el lenguaje que prohíbe la ordenación de homosexuales que afirman y practican esa vida. Gracias, que ese voto no pasó, pero el voto estuvo a 259-255 – solo cuatro votos de abominación total. Las iglesias ‘más luz’ están regocijándose porque creen que en la próxima asamblea – en 2006 – el voto para ordenar a homosexuales pasara. Creo que tienen razón.
“¡Dios tenga misericordia de nosotros!”
Este hombre se ve forzado a abandonar su denominación, porque parece que el Espíritu Santo fue levantado. Ya no hay una fuerza que frene el pecado o la carne, así que todo es valido. Y todo el infierno abre paso.
Cuando el Espíritu Santo viene, su primera obra es limpiar su iglesia. Él quita cualquier cosa que frena el fluir del Espíritu de Dios. Y eso significa limpia a cada individuo. Toda carne es echada fuera. Los chismosos y otros que tienen una lengua amarga contra lo piadoso son expuestos. Aquellos que mienten y acusan falsamente a los demás son aislados y obligados a enfrentar la verdad. Pronto, aquellos que causan conflictos viven bajo una nube oscura creadas por ellos mismos.
Así sucedió en Pentecostés, cuando llegó el Espíritu. La Escritura dice que cuando Pedro comenzó a predicar con la unción del Espíritu, los corazones de las personas fueron tocados. Ellos preguntaron: “¿Qué debemos hacer para ser salvos?” Miles vinieron a Cristo ese día. No necesitaron ser convencidos a través de bombo o entretenimiento profesional. No, ellos reconocieron su pecado y querían ser libres.
Y aquellos que no enfrentaban su pecado oculto eran expuestos. De hecho, una pareja – Ananías y Safira – pagaron con su vida por su engaño. Puedes salirte con la tuya con pecado oculta en iglesias muertas y secas, pero no puedes en una iglesia donde el Espíritu Santo está presente.
Ves, el Espíritu Santo es también el administrador de la paz de Cristo. Él proporciona paz tanto al pulpito como a los bancos. Sin embargo, no puede haber paz sin rectitud. Isaías sigue su profecía de la siguiente manera: “El efecto de la justicia será la paz y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras y en lugares de reposo.” (Isaías 32:17-18).
La paz viene porque la rectitud o justicia esta obrando. El Espíritu Santo esta ocupado sacando toda inquietud, perturbación y condenación. Lo que sigue es paz mental, paz en el hogar, y paz en la casa de Dios. Y cuando el pueblo de Dios tiene la paz de Cristo, no son fácilmente movidos de ella: “Cuando caerá granizo en los montes y la ciudad será del todo abatida. ¡Dichosos vosotros, los que sembráis junto a todas las aguas y dejáis sueltos al buey y al asno!” (32:19-20).
La profecía de Isaías acerca del Espíritu Santo fue dirigida a Israel durante el reinado de Uzias. Pero también se aplica al pueblo de Dios hoy en día. Es conocida como una doble profecía. El hecho es, cada generación necesita un derramamiento del Espíritu Santo. Y yo creo que la iglesia hoy no ha visto nada comparado con lo que el Espíritu Santo quiere hacer.
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Isaías nos muestra lo que sucede cuando
el Espíritu Santo se ha apartado.
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También hay evidencias claras cuando el Espíritu no está presente o no ha sido derramado. Isaías describe estas terribles condiciones: “De aquí a algo más de un año tendréis espanto,… porque la vendimia faltará y no llegará la cosecha. ¡Temblad,… turbaos,… lamentarán por los campos deleitosos, por las viñas fértiles! Sobre la tierra de mi pueblo subirán espinos y cardos, y aun sobre todas las casasen que hay alegría en la ciudad alegre.” (Isaías 32:10-13).
En otras palabras: “Tu vida no será fructífera. Tu familia, tu iglesia, tus relaciones se estancaran espiritualmente. ¡Despierta! Necesitas que el Espíritu Santo regrese.”
¿Cuáles son los espinos y cardos que Isaías describe aquí? Significan vacío, sequía, decepción. Tales tiempos vienen a menudo en forma de congregantes impíos que se levantan y crean estragos. Por todo el mundo, en nuestras reuniones de ministros, mi equipo y yo nos reunimos con cientos de pastores quienes testifican de tales espinos. Hablan de ser afligidos en el espíritu por algún individuo o camarilla quienes creen ser la autoridad espiritual.
Estos espinos indomables, indisciplinados, continuamente comenzando caos. Ellos han perseguido a cada pastor que ha servido en su iglesia, acosándolos y regando chisme. Ellos piensan que el ministro debe ser pobre, trabajando como un esclavo. Y terminan asustando a cada nuevo convertido. La iglesia se mantiene pequeña por sus constantes perturbaciones.
Como resultado, muchos pastores están listos para darse por vencidos. No ven ningún fruto en su ministerio, y ahora están cansados, hastiados, gastados hasta la nada. Sus esposas han visto cuan deprimidos se han puesto, como han perdido el animo. Así que los animan, “Cariño, por favor deja el pastorado. Tú no tienes que soportar esta clase de presión. Hasta un trabajo secular seria mejor que esto.”
Ya, iglesias alrededor del mundo están cerrando por docenas al día. Cuando nuestro ministerio estuvo en Inglaterra el año pasado, doce edificios de iglesias grandes fueran “de-santificados” queriendo decir que sus puertas fueron cerradas para siempre. Algunas fueron vendidas para convertirlas en clubes nocturnos. Una hasta fue vendida a un grupo ocultista, para convertirla en un museo de lo oculto.
Las personas ‘espinosas’ que contribuyen a esta tragedia son como los padres israelitas que salieron de Egipto. Aquellos hombres indomables seguían levantándose contra la autoridad de Moisés. Y con el tiempo no pudieron ser salvos, a causa de sus desvergonzadas murmuraciones y quejas. Dios también advirtió a Israel: “Pero si no echáis a los habitantes del país de delante de vosotros, sucederá que los que de ellos dejéis serán como aguijones en vuestros ojos y como espinas en vuestros costados, y os afligirán en la tierra sobre la que vais a habitar.” (Números 33:55).
La verdad es, tales personas no se pueden cambiar. Vivirán y morirán en el desierto de desesperación y confusión, tal como hicieron en Israel. Sus corazones, simplemente, se endurecen más y más, hasta que llegar a estar totalmente resistentes al Espíritu Santo.
Ahora mismo, yo creo que la iglesia de Jesucristo necesita una limpieza interna. Y ningún predicador o evangelista tiene el poder para limpiar la casa. No se puede hacer a través de carisma, poder o habilidades. No, lo último que la iglesia necesita es otra cosa hecha por el hombre, o un juego de libros, o una lista de métodos para motivar a una congregación muerta. Esas cosas llegan a ser lo que los profetas llamaron “ir a Egipto por ayuda…confiando en el brazo de la carne.”
El limpiar la casa de Dios es obra solo del Espíritu Santo. Y cuando el viene, su obra es completa, desde arriba hasta abajo, desde el pulpito a los bancos. No importa cuan grande sea la iglesia; puede enumerar entre los miles. El hecho es, si esa iglesia no esta llena con la rectitud del Espíritu Santo – si no hay un ministro lleno del Espíritu en el pulpito, si el pecado no es denunciado y dejado, si no hay un altar de arrepentimiento – solo habrá vacío. Esa iglesia es una casa de muerte.
Como pastor, tengo que reconocer que es posible para mí permitir que el Espíritu Santo gotee de mi alma. Preguntas, “¿gotee?” Si, el Espíritu Santo habita en nosotros como un pozo de agua viva. Y si mi corazón no esta en reposo – si me desanimo y pierdo mi paz, si me plazco en introspección, si permito que sentimientos de fracaso permanezcan en mi espíritu, si entretengo pensamientos de abandonar el ministro a causa de dificultades – entonces yo sé que permití que el agua viviente del Espíritu gotee fuera de mi vida.
A veces, te preguntaras, “¿Por qué mi alma esta turbada? ¿Por qué estoy tan desanimado? ¿Por qué tengo todos estos temores?” Debes saber, que eso es siempre un asunto del Espíritu Santo. Como dice Isaías, cuando el Espíritu Santo es derramado, el resultado es paz. Y si ese efecto no está presente – si aun hay tumulto – entonces tenemos que mirar en nuestro propio corazones. Isaías muestra claramente que todo problema, infructuosidad y desesperación son de la falta de apropiarse del poder del Espíritu Santo.
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¿Por qué el Espíritu Santo no fue derramado sobre este pueblo?
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Nuevamente, Isaías nos lo dice como es. Él dice que el Espíritu no fue derramado a causa del descuido y comodidad de Israel. En resumen, el problema fue vagancia espiritual. “¡Mujeres indolentes, levantaos! ¡Oíd mi voz, hijas confiadas, escuchad mi razón!” (Isaías 32:9).
La frase, “Ustedes mujeres” [en ingles] en realidad se refieren a toda la congregación. Esta metáfora aparece a través de las Escrituras: Cantares de Salomón se refiere a los escogidos de Dios como “hijas de Jerusalén.” El Salmo 45:13 habla de Israel como “la hija del rey.” En otra parte del Antiguo Testamento la frase “hijas de Sión” es usada. Y por supuesto, en el Nuevo Testamento, la iglesia es conocida como la “novia de Cristo.”
Dos veces Dios advierte a Israel acerca de estar cómodos. Primero leemos, “¡Mujeres indolentes, levantaos! ¡Oíd mi voz, hijas confiadas,…!” Luego Isaías añade, ¡Temblad, indolentes; turbaos, confiadas!…” (Isaías 32:11). La palabra hebrea para indolente aquí significa “audaz, confiada.” Lo que sé esta diciendo aquí es, “Levántate de tu comodidad, O creyente. Eres audaz en tu pecado. Estas tan confiado en ti mismo que te has convertido en un vago espiritualmente. ¡Sacúdete de este estado de descuido!”
Mientras miro alrededor de la iglesia hoy, veo multitudes de creyentes recostados en camas de confianza propia. Ellos desprecian los mensajes proféticos y cierran sus oídos a toda advertencia a despertar. Tales creyentes están durmiendo en la misma hora de la media noche.
Amos escribe, “¡Ay de los que reposan en Sión y de los que confían en el monte de Samaria…! ¡Vosotros, que creéis alejar el día malo, acercáis el reino de la maldad! Duermen en camas de marfil y reposan sobre sus lechos; comen… gorjean al son de la… musicales,… beben vino en tazones y se ungen con los perfumes más preciosos, pero no se afligen por el quebrantamiento de José.” (Amos 6:1, 3-6).
Cuando Isaías escribe, ¡Temblad, indolentes; turbaos…,!” la palabra para turbaos significa “temblar con temor.” Dios les esta hablando a iglesias muertas aquí. Les esta advirtiendo que perdieron el Espíritu. Más bien, se convirtieron en iglesias que se mueven en la carne, no sirviéndole a la gente pan o agua viva sino paja y rastrojo. Les encanta el entretenimiento, así que no quieren un profeta en sus medios. Están más interesados en los números que en el arrepentimiento y la rectitud.
Amados, la advertencia de Isaías nunca fue tan relevante como ahora mismo. Siento una turbación divina en mi alma, a causa de lo que veo que esta por venir. Todo lo que va a tomar será una sola bomba terrorista, matando cientos o quizás cientos de miles. Y en una hora, el mundo entero estará en pánico.
No lo queremos escuchar, pero hasta los líderes mundiales están advirtiendo acerca de esta probabilidad. Algunos expertos dicen que la situación no es un asunto de “sí” sino de “cuando.” Pronto, las propias palabras proféticas de Jesús se cumplirán ante nuestros ojos, mientras los corazones de los hombres les fallaran a causa del temor. ¿Cuántos sufrirán ataques al corazón mientras los mercados mundiales caen… mientras multitudes llenan las carreteras, huyendo a las montañas y los desiertos… mientras que los lideres mundiales tiemblan y se esconden en sus escondites… mientras millones de jóvenes corren salvajes por las calles, totalmente desenfrenados, porque están convencidos que morirán mañana?
En cierto tiempo, muchos cristianos protestarían sobre esta clase de predicación, gritando, “Para, no podemos con esto. Es demasiado molesto. Danos un mensaje positivo.” Yo creo que esos mismos cristianos gritarían, “¡Imposible! Si yo me parara ante ellos en Agosto del 2001 y declarara, “En una sola hora, las Torres Gemelas caerán, derrumbadas por dos terroristas. Miles morirán, y el mundo entero llorara.” Me acusarían, “¡Estas tratando de asustarnos!”
Esta programado para predicar en España este mes. Si hubiese visitado ese país unos cuantos años atrás, y profetizaría que cientos morirían a causa de un bombardeo terrorista de un tren, pocos me hubieran creído. Trato de imaginarme predicando en Rusia el año pasado, y diciendo que esa nación lloraría porque cientos de niños escolares serian asesinados por terroristas que lo tomaron como rehenes. Tal mensaje sonaría increíble.
La verdad es, que ya tuvimos un vistazo de lo que viene, en Florida y en el Sur durante esos horribles huracanes. Todos los caminos al Sur fueron cerrados, mientras que carriles hacia el norte estaban atorados con millones tratando de huir de una naturaleza salvaje. Estaciones de servicio de gasolina cerraron pronto por falta de gas, y los hoteles estaban llenos. La gente terminó solo conduciendo, sin lugar donde ir. El daño en esa región esta estimado en los billones de dólares.
La profecía de Isaías advierte, “Cuando caerá granizo en los montes y la ciudad será del todo abatida.” (Isaías 32:19). En resumen, estas catástrofes atmosféricas son los avisos de Dios. Él gobierna y reina sobre las fuerzas de la naturaleza. Y nunca en la historia él ha traído juicio sobre un pueblo sin enviarles advertencia tras advertencia, en amor.
¿Cómo debemos prepararnos para las cosas terribles por venir? Con arrepentimiento, según Isaías: “¡Mujeres indolentes, levantaos! ¡Oíd mi voz, hijas confiadas, escuchad mi razón! De aquí a algo más de un año tendréis espanto, mujeres confiadas; porque la vendimia faltará y no llegará la cosecha. ¡Temblad, indolentes; turbaos, confiadas! …. Golpeándose el pecho lamentarán…” (32:9-12).
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En esa hora terrible cuando todo lo que
puede ser sacudido será sacudido,
¿dónde estará la iglesia?
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¿Dónde estarán los pastores que han estado encerrados con Dios? ¿Dónde encontraremos pastores encendidos con el Espíritu Santo, hombres que puedan ofrecer esperanza y arrepentimiento?
¿Dónde podrán encontrar las multitudes que huyen iglesias que ofrezcan un lugar de refugio, donde el Espíritu Santo los calme con verdad? En tales iglesias, nadie estará chismoseando o enfocado en las cosas insignificantes de la vida. Nadie descuidara su caminar con Jesús. Nadie hablara acerca del crecimiento de la iglesia, o saldrá a los teatros a sentarse con los escarnecedores recibiendo suciedad. No, solo habrá un asunto para cada pastor y laico en tales iglesias: “¿Tengo un suministro del Espíritu Santo dentro de mí? ¿Tengo su provisión para ministrar a otros a mí alrededor que están enloquecidos por el temor?”
Así, ¿cómo podemos prepararnos los ministros? ¿Qué deben hacer las congregaciones? Isaías nos dice que no puede haber esperanza, ni cosecha futura, ni fruto, “hasta que sobre nosotros sea derramado el espíritu de lo alto.” (Isaías 32:15). Cada iglesia, cada ministerio, cada pastor, y cada creyente debe experimentar un derramamiento del Espíritu antes que lleguen los juicios venideros.
Permíteme recordarte las palabras de Isaías: “Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras y en lugares de reposo.” (32:18). Dondequiera que el Espíritu es derramado, hay paz, quietud, seguridad. Sí, vendrá un tiempo de violencia, terror, pánico y desesperación de las naciones. Pero en esa hora, Dios tendrá pastores y un pueblo santo quienes le buscan por un suministro fresco del Espíritu Santo. Esta gente ya esta adorándole en verdad, y confiando en el por un Pentecostés personal. De sus vidas fluirán ríos de agua viva.
Ciertamente, mientras las fuerzas destructivas de la naturaleza son desatadas, y nuestros lugares de orgullo y comercio son humillados, el Espíritu será derramado de lo alto. Pero este derramamiento solo caerá sobre aquellos quienes oran. Vendrá solo sobre aquellos que tiemblan a la Palabra de Dios, quienes se levantan de su sueño, quienes se deshacen de toda confianza en la carne, y buscan que les sea dados un espíritu quebrantado y un corazón contrito.
Además, las Escrituras nos dicen que el Espíritu Santo es dado solo a aquellos que lo piden en fe. Te pregunto: ¿Has sido lleno del Espíritu Santo? ¿Has vivido, caminado y movido en el Espíritu? No importa cuan prospera parezca ser tu iglesia, o cuan exitosa parezca tu vida. Aun si puedes contestar con si a todas estas preguntas, tu suministro del Espíritu siempre debe ser renovado. Pablo habla de su propia “… suministración del Espíritu de Jesucristo,” y les pide a los Filipenses “por vuestra oración… ” (Filipenses 1:19).
Doy gracias a Dios por todos los pastores y las iglesias hoy que no han perdido el Espíritu. Estoy agradecido por cada hombre y mujer quienes están encendidos con el Espíritu Santo, por cada iglesia encendida que esta dando vida. Pero, trágicamente, quedan tan pocos. Mi corazón gime, “O, Señor, O, Espíritu Santo, vuelve a tu iglesia. Vuelve y quita toda la necedad. Vuelve y tócanos con una pasión ardiente por Cristo. Vuelve y limpia todos los esquemas y los planes de los hombres. Cierra todos los programas religiosos carnales y los medios que deshonran tu nombre.
“Y Espíritu Santo, conmueve mi alma. Atráeme a la habitación secreta de oración contigo. Que no haya más oraciones apresuradas para mí. Enséñame a esperar en ti, a gemir, a no rendirme hasta que llenes por completo. Y dame la paz que prometiste. Dame tu reposo callado y la seguridad que tu estarás con nosotros pase lo pase.” Isaías nos deja con estas buenas nuevas: “Ahora pues, oye, Jacob, siervo mío, Israel, a quien yo escogí: Así dice Jehová, Hacedor tuyo y el que te formó desde el vientre, el cual te ayudará: No temas, siervo mío Jacob, tú, Jesurún, a quien yo escogí.” (Isaías 44:1-2).
Finalmente, Judas nos asegura: “Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; los que os decían: ‘En el último tiempo habrá burladores que andarán según sus malvados deseos.’ Estos son los que causan divisiones, viven sensualmente y no tienen al Espíritu. Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.” (Judas 17-21).
Cuando Dios engendro su iglesia, el derramo de su Espíritu Santo sobre ella. El la bautizo en el Espíritu Santo, la lleno con el Espíritu, y la ungió con el Espíritu. Y dondequiera que el Espíritu de Dios está presente, hay pruebas o evidencias claras. Pero si estas evidencias no se ven, entonces el Espíritu Santo no está presente.
Mi pregunta es la siguiente, ¿Muestra la iglesia moderna estas evidencias? ¿Lo muestra tu iglesia? ¿Esta moviéndose en el poder del Espíritu Santo? Además, ¿muestra tu vida estas evidencias? ¿Estas viviendo y caminando en la plenitud del Espíritu?
Joel profetizo que cuando el Espíritu llegara, una evidencia de su presencia seria enseñanza profética. Joel describió esto como un tiempo excitante cuando creyentes mayores tendrían sueños espirituales y los jóvenes recibiría visiones. El pueblo de Dios experimentaría maravillosas liberaciones, y lo seguiría una gran cosecha de almas.
El profeta Isaías también describió lo que sucede cuando el Espíritu Santo cae sobre un pueblo. Él profetiza: “hasta que sobre nosotros sea derramado el espíritu de lo alto. Entonces el desierto se convertirá en campo fértil y el campo fértil será como un bosque.” (Isaías 32:15).
Isaías esta diciendo: “Cuando venga el Espíritu Santo, lo que una vez fue un desierto estéril se convierte en un campo fértil. Una porción de tierra muerta de repente reboza con frutos. Y esta no es una cosecha temporera. Ese campo de frutos crecerá en un bosque. Y podrás sacar cortes de este bosque año tras año, y aumentara tu fruto continuamente.”
Isaías añade: “Habitará el juicio en el desierto y en el campo fértil morará la justicia.” (32:16). Según el profeta, el Espíritu Santo también trae consigo un mensaje de juicio contra el pecado. Y ese mensaje produce rectitud en el pueblo.
De repente, la predica del ministro cambia. Ya no se conforma con un sermón muerto o seco. Al contrario, predica la Palabra pura de Dios, y el mensaje es encendido con convicción. Ahora, el pueblo soñoliento se da cuenta: “Esto tiene la unción del Espíritu Santo. Puedo traer a mis amistades deslizadas, y puedo estar seguro que el Espíritu le hablara a sus corazones.”
Ahora, el Espíritu Santo siempre comienza su obra en el pulpito. Si el juicio comienza en la casa de Dios, es solo correcto que el Señor comience su obra con sus pastores. Él trata amorosamente con ellos, convenciéndolos de cada ídolo, cada lujuria carnal, cada medida del yo que se exalta contra el conocimiento de Dios. Ciertamente, esa es la obra del Espíritu: convencer de pecado, justicia y juicio.
Aun así, Isaías no esta refiriéndose a un solo derramar del Espíritu, lo que algunos piensan que es un “avivamiento.” Isaías esta describiendo algo que permanece. Estudios por sociólogos cristianos muestra que la mayoría de los avivamientos del presente dura por lo menos cinco años y dejan mucha confusión y disensión. Conozco iglesias donde los tal llamados avivamientos tomaron lugar, pero ahora, dentro de pocos años, no queda señal del Espíritu. Esas iglesias están muertas, secas y vacías. Casas que una vez tenían 1,000 ahora son tumbas cavernosas, solamente con cincuenta personas en asistencia.
Sin embargo, también conozco iglesias donde el Espíritu fue derramado cincuenta años atrás, y Dios aun obra poderosamente allí hoy. Esta es la obra del Espíritu que Isaías describe.
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Una vez que el Espíritu se va o es levantado
de una iglesia, ya no hay freno.
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Ya no hay un clamor contra la carne y la necedad que infiltra la casa de Dios. Vemos esto en una carta que recibí de un pastor dedicado quien sirve en una de las más grandes denominaciones protestantes. Él gime sobre lo que tomo lugar en la conferencia anual de su denominación:
“Votamos apoyando el aborto parcial, aun cuando el Congreso de los Estados Unidos ha votado en contra. Que tristeza cuando el Congreso es más piadoso que una iglesia.
“Nuestro nuevo moderador, quien va a servir como portavoz por los próximos dos años, abiertamente apoya la ordenación de homosexuales y lesbianas, y es, de hecho, de una congregación ‘más iluminada’ (llamada así porque ellos creen que tienen ‘mas luz’ que los demás sobre el asunto de homosexualidad). Como ministro en esta denominación, ahora me permiten bendecir uniones del mismo sexo. ¿Cómo puedo bendecir a aquello que Dios llama perverso?
“Votamos sobre si debemos quitar de nuestra constitución el lenguaje que prohíbe la ordenación de homosexuales que afirman y practican esa vida. Gracias, que ese voto no pasó, pero el voto estuvo a 259-255 – solo cuatro votos de abominación total. Las iglesias ‘más luz’ están regocijándose porque creen que en la próxima asamblea – en 2006 – el voto para ordenar a homosexuales pasara. Creo que tienen razón.
“¡Dios tenga misericordia de nosotros!”
Este hombre se ve forzado a abandonar su denominación, porque parece que el Espíritu Santo fue levantado. Ya no hay una fuerza que frene el pecado o la carne, así que todo es valido. Y todo el infierno abre paso.
Cuando el Espíritu Santo viene, su primera obra es limpiar su iglesia. Él quita cualquier cosa que frena el fluir del Espíritu de Dios. Y eso significa limpia a cada individuo. Toda carne es echada fuera. Los chismosos y otros que tienen una lengua amarga contra lo piadoso son expuestos. Aquellos que mienten y acusan falsamente a los demás son aislados y obligados a enfrentar la verdad. Pronto, aquellos que causan conflictos viven bajo una nube oscura creadas por ellos mismos.
Así sucedió en Pentecostés, cuando llegó el Espíritu. La Escritura dice que cuando Pedro comenzó a predicar con la unción del Espíritu, los corazones de las personas fueron tocados. Ellos preguntaron: “¿Qué debemos hacer para ser salvos?” Miles vinieron a Cristo ese día. No necesitaron ser convencidos a través de bombo o entretenimiento profesional. No, ellos reconocieron su pecado y querían ser libres.
Y aquellos que no enfrentaban su pecado oculto eran expuestos. De hecho, una pareja – Ananías y Safira – pagaron con su vida por su engaño. Puedes salirte con la tuya con pecado oculta en iglesias muertas y secas, pero no puedes en una iglesia donde el Espíritu Santo está presente.
Ves, el Espíritu Santo es también el administrador de la paz de Cristo. Él proporciona paz tanto al pulpito como a los bancos. Sin embargo, no puede haber paz sin rectitud. Isaías sigue su profecía de la siguiente manera: “El efecto de la justicia será la paz y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras y en lugares de reposo.” (Isaías 32:17-18).
La paz viene porque la rectitud o justicia esta obrando. El Espíritu Santo esta ocupado sacando toda inquietud, perturbación y condenación. Lo que sigue es paz mental, paz en el hogar, y paz en la casa de Dios. Y cuando el pueblo de Dios tiene la paz de Cristo, no son fácilmente movidos de ella: “Cuando caerá granizo en los montes y la ciudad será del todo abatida. ¡Dichosos vosotros, los que sembráis junto a todas las aguas y dejáis sueltos al buey y al asno!” (32:19-20).
La profecía de Isaías acerca del Espíritu Santo fue dirigida a Israel durante el reinado de Uzias. Pero también se aplica al pueblo de Dios hoy en día. Es conocida como una doble profecía. El hecho es, cada generación necesita un derramamiento del Espíritu Santo. Y yo creo que la iglesia hoy no ha visto nada comparado con lo que el Espíritu Santo quiere hacer.
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Isaías nos muestra lo que sucede cuando
el Espíritu Santo se ha apartado.
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También hay evidencias claras cuando el Espíritu no está presente o no ha sido derramado. Isaías describe estas terribles condiciones: “De aquí a algo más de un año tendréis espanto,… porque la vendimia faltará y no llegará la cosecha. ¡Temblad,… turbaos,… lamentarán por los campos deleitosos, por las viñas fértiles! Sobre la tierra de mi pueblo subirán espinos y cardos, y aun sobre todas las casasen que hay alegría en la ciudad alegre.” (Isaías 32:10-13).
En otras palabras: “Tu vida no será fructífera. Tu familia, tu iglesia, tus relaciones se estancaran espiritualmente. ¡Despierta! Necesitas que el Espíritu Santo regrese.”
¿Cuáles son los espinos y cardos que Isaías describe aquí? Significan vacío, sequía, decepción. Tales tiempos vienen a menudo en forma de congregantes impíos que se levantan y crean estragos. Por todo el mundo, en nuestras reuniones de ministros, mi equipo y yo nos reunimos con cientos de pastores quienes testifican de tales espinos. Hablan de ser afligidos en el espíritu por algún individuo o camarilla quienes creen ser la autoridad espiritual.
Estos espinos indomables, indisciplinados, continuamente comenzando caos. Ellos han perseguido a cada pastor que ha servido en su iglesia, acosándolos y regando chisme. Ellos piensan que el ministro debe ser pobre, trabajando como un esclavo. Y terminan asustando a cada nuevo convertido. La iglesia se mantiene pequeña por sus constantes perturbaciones.
Como resultado, muchos pastores están listos para darse por vencidos. No ven ningún fruto en su ministerio, y ahora están cansados, hastiados, gastados hasta la nada. Sus esposas han visto cuan deprimidos se han puesto, como han perdido el animo. Así que los animan, “Cariño, por favor deja el pastorado. Tú no tienes que soportar esta clase de presión. Hasta un trabajo secular seria mejor que esto.”
Ya, iglesias alrededor del mundo están cerrando por docenas al día. Cuando nuestro ministerio estuvo en Inglaterra el año pasado, doce edificios de iglesias grandes fueran “de-santificados” queriendo decir que sus puertas fueron cerradas para siempre. Algunas fueron vendidas para convertirlas en clubes nocturnos. Una hasta fue vendida a un grupo ocultista, para convertirla en un museo de lo oculto.
Las personas ‘espinosas’ que contribuyen a esta tragedia son como los padres israelitas que salieron de Egipto. Aquellos hombres indomables seguían levantándose contra la autoridad de Moisés. Y con el tiempo no pudieron ser salvos, a causa de sus desvergonzadas murmuraciones y quejas. Dios también advirtió a Israel: “Pero si no echáis a los habitantes del país de delante de vosotros, sucederá que los que de ellos dejéis serán como aguijones en vuestros ojos y como espinas en vuestros costados, y os afligirán en la tierra sobre la que vais a habitar.” (Números 33:55).
La verdad es, tales personas no se pueden cambiar. Vivirán y morirán en el desierto de desesperación y confusión, tal como hicieron en Israel. Sus corazones, simplemente, se endurecen más y más, hasta que llegar a estar totalmente resistentes al Espíritu Santo.
Ahora mismo, yo creo que la iglesia de Jesucristo necesita una limpieza interna. Y ningún predicador o evangelista tiene el poder para limpiar la casa. No se puede hacer a través de carisma, poder o habilidades. No, lo último que la iglesia necesita es otra cosa hecha por el hombre, o un juego de libros, o una lista de métodos para motivar a una congregación muerta. Esas cosas llegan a ser lo que los profetas llamaron “ir a Egipto por ayuda…confiando en el brazo de la carne.”
El limpiar la casa de Dios es obra solo del Espíritu Santo. Y cuando el viene, su obra es completa, desde arriba hasta abajo, desde el pulpito a los bancos. No importa cuan grande sea la iglesia; puede enumerar entre los miles. El hecho es, si esa iglesia no esta llena con la rectitud del Espíritu Santo – si no hay un ministro lleno del Espíritu en el pulpito, si el pecado no es denunciado y dejado, si no hay un altar de arrepentimiento – solo habrá vacío. Esa iglesia es una casa de muerte.
Como pastor, tengo que reconocer que es posible para mí permitir que el Espíritu Santo gotee de mi alma. Preguntas, “¿gotee?” Si, el Espíritu Santo habita en nosotros como un pozo de agua viva. Y si mi corazón no esta en reposo – si me desanimo y pierdo mi paz, si me plazco en introspección, si permito que sentimientos de fracaso permanezcan en mi espíritu, si entretengo pensamientos de abandonar el ministro a causa de dificultades – entonces yo sé que permití que el agua viviente del Espíritu gotee fuera de mi vida.
A veces, te preguntaras, “¿Por qué mi alma esta turbada? ¿Por qué estoy tan desanimado? ¿Por qué tengo todos estos temores?” Debes saber, que eso es siempre un asunto del Espíritu Santo. Como dice Isaías, cuando el Espíritu Santo es derramado, el resultado es paz. Y si ese efecto no está presente – si aun hay tumulto – entonces tenemos que mirar en nuestro propio corazones. Isaías muestra claramente que todo problema, infructuosidad y desesperación son de la falta de apropiarse del poder del Espíritu Santo.
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¿Por qué el Espíritu Santo no fue derramado sobre este pueblo?
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Nuevamente, Isaías nos lo dice como es. Él dice que el Espíritu no fue derramado a causa del descuido y comodidad de Israel. En resumen, el problema fue vagancia espiritual. “¡Mujeres indolentes, levantaos! ¡Oíd mi voz, hijas confiadas, escuchad mi razón!” (Isaías 32:9).
La frase, “Ustedes mujeres” [en ingles] en realidad se refieren a toda la congregación. Esta metáfora aparece a través de las Escrituras: Cantares de Salomón se refiere a los escogidos de Dios como “hijas de Jerusalén.” El Salmo 45:13 habla de Israel como “la hija del rey.” En otra parte del Antiguo Testamento la frase “hijas de Sión” es usada. Y por supuesto, en el Nuevo Testamento, la iglesia es conocida como la “novia de Cristo.”
Dos veces Dios advierte a Israel acerca de estar cómodos. Primero leemos, “¡Mujeres indolentes, levantaos! ¡Oíd mi voz, hijas confiadas,…!” Luego Isaías añade, ¡Temblad, indolentes; turbaos, confiadas!…” (Isaías 32:11). La palabra hebrea para indolente aquí significa “audaz, confiada.” Lo que sé esta diciendo aquí es, “Levántate de tu comodidad, O creyente. Eres audaz en tu pecado. Estas tan confiado en ti mismo que te has convertido en un vago espiritualmente. ¡Sacúdete de este estado de descuido!”
Mientras miro alrededor de la iglesia hoy, veo multitudes de creyentes recostados en camas de confianza propia. Ellos desprecian los mensajes proféticos y cierran sus oídos a toda advertencia a despertar. Tales creyentes están durmiendo en la misma hora de la media noche.
Amos escribe, “¡Ay de los que reposan en Sión y de los que confían en el monte de Samaria…! ¡Vosotros, que creéis alejar el día malo, acercáis el reino de la maldad! Duermen en camas de marfil y reposan sobre sus lechos; comen… gorjean al son de la… musicales,… beben vino en tazones y se ungen con los perfumes más preciosos, pero no se afligen por el quebrantamiento de José.” (Amos 6:1, 3-6).
Cuando Isaías escribe, ¡Temblad, indolentes; turbaos…,!” la palabra para turbaos significa “temblar con temor.” Dios les esta hablando a iglesias muertas aquí. Les esta advirtiendo que perdieron el Espíritu. Más bien, se convirtieron en iglesias que se mueven en la carne, no sirviéndole a la gente pan o agua viva sino paja y rastrojo. Les encanta el entretenimiento, así que no quieren un profeta en sus medios. Están más interesados en los números que en el arrepentimiento y la rectitud.
Amados, la advertencia de Isaías nunca fue tan relevante como ahora mismo. Siento una turbación divina en mi alma, a causa de lo que veo que esta por venir. Todo lo que va a tomar será una sola bomba terrorista, matando cientos o quizás cientos de miles. Y en una hora, el mundo entero estará en pánico.
No lo queremos escuchar, pero hasta los líderes mundiales están advirtiendo acerca de esta probabilidad. Algunos expertos dicen que la situación no es un asunto de “sí” sino de “cuando.” Pronto, las propias palabras proféticas de Jesús se cumplirán ante nuestros ojos, mientras los corazones de los hombres les fallaran a causa del temor. ¿Cuántos sufrirán ataques al corazón mientras los mercados mundiales caen… mientras multitudes llenan las carreteras, huyendo a las montañas y los desiertos… mientras que los lideres mundiales tiemblan y se esconden en sus escondites… mientras millones de jóvenes corren salvajes por las calles, totalmente desenfrenados, porque están convencidos que morirán mañana?
En cierto tiempo, muchos cristianos protestarían sobre esta clase de predicación, gritando, “Para, no podemos con esto. Es demasiado molesto. Danos un mensaje positivo.” Yo creo que esos mismos cristianos gritarían, “¡Imposible! Si yo me parara ante ellos en Agosto del 2001 y declarara, “En una sola hora, las Torres Gemelas caerán, derrumbadas por dos terroristas. Miles morirán, y el mundo entero llorara.” Me acusarían, “¡Estas tratando de asustarnos!”
Esta programado para predicar en España este mes. Si hubiese visitado ese país unos cuantos años atrás, y profetizaría que cientos morirían a causa de un bombardeo terrorista de un tren, pocos me hubieran creído. Trato de imaginarme predicando en Rusia el año pasado, y diciendo que esa nación lloraría porque cientos de niños escolares serian asesinados por terroristas que lo tomaron como rehenes. Tal mensaje sonaría increíble.
La verdad es, que ya tuvimos un vistazo de lo que viene, en Florida y en el Sur durante esos horribles huracanes. Todos los caminos al Sur fueron cerrados, mientras que carriles hacia el norte estaban atorados con millones tratando de huir de una naturaleza salvaje. Estaciones de servicio de gasolina cerraron pronto por falta de gas, y los hoteles estaban llenos. La gente terminó solo conduciendo, sin lugar donde ir. El daño en esa región esta estimado en los billones de dólares.
La profecía de Isaías advierte, “Cuando caerá granizo en los montes y la ciudad será del todo abatida.” (Isaías 32:19). En resumen, estas catástrofes atmosféricas son los avisos de Dios. Él gobierna y reina sobre las fuerzas de la naturaleza. Y nunca en la historia él ha traído juicio sobre un pueblo sin enviarles advertencia tras advertencia, en amor.
¿Cómo debemos prepararnos para las cosas terribles por venir? Con arrepentimiento, según Isaías: “¡Mujeres indolentes, levantaos! ¡Oíd mi voz, hijas confiadas, escuchad mi razón! De aquí a algo más de un año tendréis espanto, mujeres confiadas; porque la vendimia faltará y no llegará la cosecha. ¡Temblad, indolentes; turbaos, confiadas! …. Golpeándose el pecho lamentarán…” (32:9-12).
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En esa hora terrible cuando todo lo que
puede ser sacudido será sacudido,
¿dónde estará la iglesia?
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¿Dónde estarán los pastores que han estado encerrados con Dios? ¿Dónde encontraremos pastores encendidos con el Espíritu Santo, hombres que puedan ofrecer esperanza y arrepentimiento?
¿Dónde podrán encontrar las multitudes que huyen iglesias que ofrezcan un lugar de refugio, donde el Espíritu Santo los calme con verdad? En tales iglesias, nadie estará chismoseando o enfocado en las cosas insignificantes de la vida. Nadie descuidara su caminar con Jesús. Nadie hablara acerca del crecimiento de la iglesia, o saldrá a los teatros a sentarse con los escarnecedores recibiendo suciedad. No, solo habrá un asunto para cada pastor y laico en tales iglesias: “¿Tengo un suministro del Espíritu Santo dentro de mí? ¿Tengo su provisión para ministrar a otros a mí alrededor que están enloquecidos por el temor?”
Así, ¿cómo podemos prepararnos los ministros? ¿Qué deben hacer las congregaciones? Isaías nos dice que no puede haber esperanza, ni cosecha futura, ni fruto, “hasta que sobre nosotros sea derramado el espíritu de lo alto.” (Isaías 32:15). Cada iglesia, cada ministerio, cada pastor, y cada creyente debe experimentar un derramamiento del Espíritu antes que lleguen los juicios venideros.
Permíteme recordarte las palabras de Isaías: “Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras y en lugares de reposo.” (32:18). Dondequiera que el Espíritu es derramado, hay paz, quietud, seguridad. Sí, vendrá un tiempo de violencia, terror, pánico y desesperación de las naciones. Pero en esa hora, Dios tendrá pastores y un pueblo santo quienes le buscan por un suministro fresco del Espíritu Santo. Esta gente ya esta adorándole en verdad, y confiando en el por un Pentecostés personal. De sus vidas fluirán ríos de agua viva.
Ciertamente, mientras las fuerzas destructivas de la naturaleza son desatadas, y nuestros lugares de orgullo y comercio son humillados, el Espíritu será derramado de lo alto. Pero este derramamiento solo caerá sobre aquellos quienes oran. Vendrá solo sobre aquellos que tiemblan a la Palabra de Dios, quienes se levantan de su sueño, quienes se deshacen de toda confianza en la carne, y buscan que les sea dados un espíritu quebrantado y un corazón contrito.
Además, las Escrituras nos dicen que el Espíritu Santo es dado solo a aquellos que lo piden en fe. Te pregunto: ¿Has sido lleno del Espíritu Santo? ¿Has vivido, caminado y movido en el Espíritu? No importa cuan prospera parezca ser tu iglesia, o cuan exitosa parezca tu vida. Aun si puedes contestar con si a todas estas preguntas, tu suministro del Espíritu siempre debe ser renovado. Pablo habla de su propia “… suministración del Espíritu de Jesucristo,” y les pide a los Filipenses “por vuestra oración… ” (Filipenses 1:19).
Doy gracias a Dios por todos los pastores y las iglesias hoy que no han perdido el Espíritu. Estoy agradecido por cada hombre y mujer quienes están encendidos con el Espíritu Santo, por cada iglesia encendida que esta dando vida. Pero, trágicamente, quedan tan pocos. Mi corazón gime, “O, Señor, O, Espíritu Santo, vuelve a tu iglesia. Vuelve y quita toda la necedad. Vuelve y tócanos con una pasión ardiente por Cristo. Vuelve y limpia todos los esquemas y los planes de los hombres. Cierra todos los programas religiosos carnales y los medios que deshonran tu nombre.
“Y Espíritu Santo, conmueve mi alma. Atráeme a la habitación secreta de oración contigo. Que no haya más oraciones apresuradas para mí. Enséñame a esperar en ti, a gemir, a no rendirme hasta que llenes por completo. Y dame la paz que prometiste. Dame tu reposo callado y la seguridad que tu estarás con nosotros pase lo pase.” Isaías nos deja con estas buenas nuevas: “Ahora pues, oye, Jacob, siervo mío, Israel, a quien yo escogí: Así dice Jehová, Hacedor tuyo y el que te formó desde el vientre, el cual te ayudará: No temas, siervo mío Jacob, tú, Jesurún, a quien yo escogí.” (Isaías 44:1-2).
Finalmente, Judas nos asegura: “Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; los que os decían: ‘En el último tiempo habrá burladores que andarán según sus malvados deseos.’ Estos son los que causan divisiones, viven sensualmente y no tienen al Espíritu. Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.” (Judas 17-21).
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