miércoles, 26 de diciembre de 2007

LAS MARCAS DEL CRISTIANO ESPIRITUAL

A MEDIDA que me vayáis siguiendo en el estudio que vamos a hacer esta noche, observaréis que la vida del cristiano espiritual está en marcado contraste con la del cristiano carnal.

Es una vida de paz permanente “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).
Hay todavía lucha en la vida del cristiano espiritual, porque el crecimiento se obtiene mediante el triunfo en la lucha. Pero hay paz mediante la victoria consciente que se alcanza en Cristo. El cristiano espiritual no continúa en la práctica del pecado conocido y consentido, y de ahí que viva en la luz, nunca nublada, del sol de la presencia de Cristo. No perturban su comunión con el Padre la sensación remordedora de haber ensuciado sus manos, el aguijoneo de una conciencia herida o la condenación de un corazón acusador. Así es que goza de paz permanente, de gozo profundo y de perfecto reposo en el Señor. ¿Los tienes en tu vida?
Es una vida de victoria habitual Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor 15:57).

Observad que no dice “victorias”, sino “la victoria”. La victoria de la resurrección es una victoria que las incluye todas. El que te ha dado una vez una victoria sobre un pecado, puede darte la victoria sobre todo pecado. El que te ha guardado del pecado por un momento, puede guardarte del mismo pecado por un día o por un mes. La victoria sobre el pecado es un don, por medio de Cristo, que puede ser nuestro cuantas veces lo reclamemos.
“Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rom 8:37). Ya sería bastante asombroso que Él dijera que en estas cosas vencemos. Pero Él afirma que “somos más que vencedores.” Esto es victoria con algo más. Significa suficiente y de sobra. El versículo nos dice que no necesitamos vivir dentro de los límites de una victoria conservada a fuerza de afán y de lucha.

“Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” (2 Cor 2:14). Observad la palabra “siempre”. Esta victoria no está limitada a ciertas ocasiones, lugares y circunstancias. Dios dice que Él puede hacernos triunfar siempre en Cristo. Casi puedo oír a alguno de mis oyentes que dice: “Es muy fácil para usted levantarse allí y predicar que tal victoria es posible, pero no sabe usted lo cascarrabias que es una persona de mi familia, con quien tengo que vivir constantemente.” No, no conozco las circunstancias de la vida de usted, pero Dios las conoce, y Él ha puesto la palabra “siempre” en ese versículo. ¿La aceptas y crees que Dios puede hacer que siempre triunfemos en Cristo Jesús?
Escogí con todo cuidado las palabras “victoria habitual.” Quiero decir por “habitual” que la victoria es el hábito de la vida cristiana. No quiere esto decir que el poseedor de tal victoria no pueda pecar, sino que puede no pecar. Pecar continuamente no será la práctica de su vida.
¿Cuál es el significado real y profundo de la “victoria”? No significa un mero dominio exterior de las manifestaciones visibles del pecado, sino una sujeción decidida de la disposición interior a pecar. La verdadera victoria produce un cambio en la parte más escondida e interior del espíritu. Transforma las disposiciones y actitudes internas tanto como las obras y acciones externas.

Esta victoria nunca obliga a ocultar lo que está dentro. Muchos de nosotros no llamamos al pecado. Naturalmente, estamos obligados a llamar pecado a alguna flagrante ofensa contra Dios o el hombre, que llega a ser más o menos pública. Pero, ¿y aquella realidad negra, sucia, escondida en lo más íntimo del espíritu? ¿Eso es pecado? Dios dice que lo es.
“He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:6, 10). “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Cor 7:1).
Apliquemos unas pocas pruebas de toque sencillas, y veamos si hemos sido limpiados de toda inmundicia de espíritu. Acostumbráis a perder la paciencia y a permitiros violentas explosiones de ira; habéis conseguido una gran medida de dominio de vuestra conducta exterior, pero queda un gran residuo de irritación interior y de resentimiento oculto. ¿Puede llamarse esto victoria verdadera?

Una joven de dieciséis años asistió una vez a una reunión, en la cual hablábamos de la victoria completa en Cristo. Vivía con una tía de carácter avinagrado, siempre dispuesta a regañar. La joven tentaba a menudo la paciencia de su tía llegando tarde a casa al volver del colegio. Cuando su tía la reprendía, ella le contestaba.
Fue de la reunión a su casa decidida a vencer su defecto, tanto en lo de volver tarde del colegio, como en lo de contestar a su tía, y así se lo dijo a ésta. La escéptica tía replicó que creería en la victoria cuando la viera. Pocos días después llegó tarde otra vez. La tía dijo irónicamente: “¿Esta es la victoria que decías ibas a conseguir, no es eso?” La joven no dejó escapar una sola palabra de sus labios. “¡Admirable victoria!”, Diréis. Pero escuchad. Pocos días después recibí una carta gozosa de la joven en la que me decía: “Señorita Paxson: ahora sé, por experiencia, lo que significa la verdadera victoria, porque cuando mi tía me regañó, no le respondí ni sentí deseos de hacerlo.” Esto es verdadera victoria.
Alguien os ha ofendido; no procuráis vengaros, ni le pagáis en la misma moneda abiertamente, pero en lo íntimo de vuestro corazón le deseáis algún mal a aquella persona y os alegráis si le acontece. ¿Es esto tener un espíritu recto?

En una serie de reuniones especiales en la China, vino una mujer buscando auxilio espiritual. Era desgraciada y hacía desgraciados a otros alrededor de ella. Había falta de amor en su corazón; en realidad, la cosa era peor todavía; aborrecía a una persona. Ella era una obrera cristiana, y, reconociendo los estragos que semejante sentimiento hacia, en su propia vida y en la de otros, procuraba ir venciéndolo poco a poco. No había podido aguantar ni el ver a la otra persona, pero al fin reconoció el pecado que con ello cometía. Invitó a aquella persona a comer, pero deseaba en su corazón que no aceptara el convite. ¿Era eso victoria? Después se dominó lo bastante para decir que no quería odiarla, pero tampoco podía amarla. ¿Era eso victoria? Hasta que Dios, que es amor, no tomó plena posesión de su corazón, no consiguió ella la clase de victoria que Dios quiere dar.
Tal vez habrá alguien que diga: “He experimentado de vez en cuando esta gloriosa liberación del dominio de un pecado especialmente difícil de vencer, pero ha sido sólo una liberación pasajera. ¿Hay en el mundo tal cosa como una victoria habitual sobre todo pecado conocido?” Dios dice que la hay. “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8:2).
Cristo murió en la cruz del Calvario para librarnos del pecado. Para hacer permanente aquella victoria perfecta, ha enviado al Espíritu Santo que more en nosotros y domine en nuestras vidas. El hombre carnal está bajo el poder de la ley del pecado. Esta ley opera en su vida, poniéndolo bajo su dominio la mayor parte del tiempo. Pero hay otra ley superior que rige en el creyente, y a medida que éste se entrega a su fuerte poder, el hombre espiritual es librado de la ley del pecado y de la muerte. Aquí está su victoria habitual sobre todo pecado conocido. ¿Experimentas tú tal victoria?
Es una vida de crecimiento constante en la semejanza de Cristo “Por tanto, nosotros todos, mirando (o reflejando) a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor 3:18). No hay nada estacionario en la verdadera experiencia espiritual. La mirada elevada y la cara descubierta tienen que alcanzar y reflejar algo de la gloria del Señor. A un conocimiento creciente de Él y a una comunión cada vez más profunda con Él, debe acompañar una semejanza cada vez mayor a Él.

En cierta ocasión viajaba por el río Yangtse, de la China central. Acababa de escampar después de una fuerte tormenta y el sol había salido esplendente por detrás de las reprimidas nubes. Me sentí impulsado interiormente a subir sobre cubierta y el Señor tenía un precioso mensaje en espera para mí. El agua del río Yangtse es muy turbia. Pero al llegarme a la barandilla y mirar al río en aquella ocasión, no vi el agua amarilla y sucia, sino el azul del cielo y los blancos vellones de las nubecillas tan perfectamente reflejados, que apenas podía creer que estaba mirando hacia abajo, y no hacia arriba. En aquel momento el Espíritu Santo me trajo al pensamiento, como un relámpago, el versículo 18 del capítulo 3 de la 2ª a los corintios, y dijo: “En ti misma eres tan poco atractiva como el agua del río Yangtse, pero cuando tu ser se vuelva hacia Dios y toda tu vida se abra a Él de modo que su gloria pueda brillar sobre ella y penetrar en ella, entonces serás transformada en su imagen de tal modo, que otros, al mirarte, no te verán a ti, sino a Cristo en ti.” Amigos queridos, ¿estamos vosotros y yo “reflejando, como en un espejo, la gloria del Señor”?

Pero hay un progreso en nuestra semejanza a Cristo: es “de gloria en gloria”. La naturaleza espiritual está siempre extendiéndose hacia lo que es espiritual y alcanzándolo para hacerse más espiritual. “Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:2, 5).
“No lleva fruto;” “Lleva fruto;” “Más fruto,” “mucho fruto.” ¿No descubren estas frases, ante nuestra vista, las posibilidades de semejanza con Cristo que están al alcance de todo pámpano de la Vid verdadera? ¿No nos muestran también el progreso positivo “de gloria en gloria” que Dios espera ver en nosotros? Estas frases describen ciertas condiciones. ¿Cuál de ellas describe la tuya? Solamente la condición de llevar mucho fruto es la que glorifica al Padre. “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8).
Pero, ¿cuál es el fruto que Dios espera encontrar en el pámpano? Él nos lo dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gál 5:22-23).

El “fruto del Espíritu” es el carácter simétrico y completo del Señor Jesucristo, en el cual no hay defecto ni exceso. Observad que no dice “frutos”, sino “fruto”. Es precisamente un racimo, y todas las nueve gracias que en él entran son esenciales para revelar la belleza de la verdadera semejanza con Cristo. Pero ¡cuán a menudo vemos un gran corazón de amor echado a perder por un genio demasiado vivo! Hay amor, pero falta templanza. O vemos una persona de gran paciencia, pero de rostro decaído. Hay paciencia, pero falta el gozo. Otro caso es del cristiano que tiene fe abundante, pero carece de benignidad. Hay más del trueno del Sinaí que del amor del Calvario en su carácter. Sabe mejor defender la doctrina que adornarla. Otras veces vemos alguno cuya vida es la encarnación de la bondad, pero la bondad está nublada por la preocupación y la intranquilidad. Hay bondad, pero falta paz. ¡Cómo desfiguran la simetría del carácter cristiano la ausencia o el exceso de cualquiera de estas gracias! En el cristiano espiritual, estas nueve gracias se funden en forma tan atractiva y hermosa, que el mundo puede ver a Cristo viviendo en él.
Es una vida de poder sobrenatural
“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12). Estas palabras fueron dirigidas por Cristo a un grupo de hombres sin estudios. Uno de ellos era un curtido y rudo pescador. Se hubiera encontrado muy poco a gusto en un grupo de estudiantes de universidad, y muy probablemente no habría podido salir airoso del examen de ingreso en un seminario teológico del día de hoy. Pero pertenecía a la compañía de creyentes a la cual se hizo esta promesa. Un día la promesa tuvo tan maravilloso cumplimiento en su vida, que con una sola predicación ganó más almas que todas las predicaciones de Jesús en tres años de ministerio público.

¿En qué consistía el poder de Pedro? ¿Podéis vosotros y yo recibirlo? ¿Era el poder del encanto personal, o de maneras atractivas, o de inteligencia gigante, o de lenguaje elocuente, o de erudición sólida, o de voluntad dominante? Aunque había muchas cualidades amables en el impulsivo, sincero, amante pescador viejo, ninguna de ellas, ni todas juntas, podían explicar, ni aun en parte, tan asombroso cumplimiento de la promesa que nuestro Señor le había hecho. Dios nos revela claramente el secreto del poder de Pedro. “...pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch 1:8).

El poder para hacer “las obras que yo hago, y aun mayor,” de que Cristo habla, no es un poder que reside en nada humano. Al contrario, es el poder de Dios, el Espíritu Santo, que está completamente a nuestro alcance, cuando nos hemos entregado por completo a Él. ¿Se manifiesta su poder sobrenatural en nuestra vida y obras hoy?
Es una vida de consagrada separación “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tes 4:3). “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Heb 7:26).
El hombre espiritual toma como ejemplo a Cristo y determina andar como Él anduvo. Cristo vivió una vida de separación. Estaba en el mundo, pero no era del mundo. Entró en contacto estrecho con el mundo, pero sin conformarse a él o contagiarse de él. El hombre espiritual aspira a una parecida separación de conducta. En cuanto al mundo se encuentra en la misma relación en que Cristo estuvo, y el mundo adoptará para con él la misma actitud que tomó para Cristo. El cristiano mirará los placeres, objetivos, principios y planes del mundo, como Jesucristo los miró. Él no era del mundo, y por eso le aborreció y persiguió el mundo. Del mismo modo tratará el mundo al cristiano.
“No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16).
“Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra” (Juan 15:19-20). Dios os llama a una vida de “aislamiento”, para que seáis más plenamente conformados a la imagen de su Hijo. ¿Habéis respondido al llamamiento que os hace para que salgáis y os separéis del mundo?
Es una vida de santidad atractiva “...sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Ped 1:15-16).
Todo cristiano es llamado a una vida santa. Pero hay muchos cristianos que no quieren ser santos. Podrán querer ser espirituales, pero tienen miedo a ser santos. Esto se debe, tal vez, a una comprensión equivocada sobre lo que es la santidad, debida a falsas enseñanzas acerca del asunto. Pero, ¿qué es la santidad? Digamos primero lo que no es. No es perfección impecable, ni anulación de la naturaleza pecadora, ni ausencia completa de faltas. No coloca a nadie fuera de la posibilidad de pecar, ni elimina la presencia del pecado.
La santidad que en la Escritura se enseña, no consiste en ser “sin defecto”, sino en ser “sin culpa” delante de Dios. Hemos de ser “guardados irreprensibles” para su venida y hemos de ser “presentados sin mancha” en su venida. “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5:23). “Aquel... es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría...” (Jud 24).
Esta verdad se abrió a mi espíritu con un nuevo sentido hace cuatro años, cuando me vi llamada a disponer de las posesiones personales de una amada hermana mía a quien Dios había llamado a su gloria. Entre las cosas que ella atesoraba de una manera especial, encontré una carta que yo le había escrito cuando tenía yo siete años. Había ido ella a visitar a unos amigos que vivían en otra localidad; yo la quería mucho y la echaba de menos, y aquella carta era la expresión, en palabras, del amor que yo le tenía. La carta distaba mucho de ser “irreprensible”, porque estaba escrita con mala letra y con faltas de gramática y ortografía. Pero era “sin mancha” a los ojos de mi hermana, porque expresaba el amor de mi corazón y era la mejor carta que yo podía escribir. Para mí, ahora que soy mujer adulta, escribir la misma carta hoy no sería “sin mancha”, porque debo tener más práctica en escribir y más conocimiento de las reglas gramaticales y ortográficas.

La santidad es, pues, un corazón lleno de puro amor a Dios. Es Cristo, nuestra santificación, entronizado como vida de nuestra vida. Es Cristo, el Santo, en nosotros, viviendo, hablando, andando. Tal santidad es atractiva, porque deja ver la santa calma de Dios reflejada en el rostro; la santa quietud de Dios, manifestada en la voz; la santa benignidad de Dios, expresada en los modales, y la santa fragancia de Dios emanando de toda la vida. ¿Posees tú tal santidad atractiva?
Inclinemos nuestra cabeza durante unos momentos de silencio. ¿Cuál es vuestra vida? ¿La de un cristiano carnal, o la de un cristiano espiritual? Si no estáis viviendo habitualmente en el plano más elevado, ¿queréis decidiros ahora a vivir en el?
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